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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 8

CAPÍTULO 8 - COMO SU NIÑERA.

Cuando Grace despertó, estaba en el asiento trasero de un Rolls-Royce. Su mente aún estaba aturdida, pero las palabras de Lucien se repetían una y otra vez en su cabeza como un martilleo constante: "Uno de los trillizos está enfermo. Y te necesita".

Su corazón latía con fuerza y, como un resorte, se incorporó en el asiento, mirando a su alrededor con desesperación.

Cuando salió del auto, Lucien estaba recostado cómodamente contra el auto, con un cigarrillo encendido entre los dedos. El humo se elevaba en espirales perezosas, llenando el ambiente con un aroma acre. Su expresión era fría, casi indiferente, como si nada de lo que acababa de ocurrir tuviera la menor importancia para él.

—¿Dónde están? —preguntó ella, su voz quebrada por la ansiedad mientras se acercaba, con manos temblorosas apretando sus dedos—. ¿Dónde están mis hijos?

Lucien alzó lentamente la mirada hacia ella; sus ojos azules como el hielo la atravesaron con una mirada que la hizo sentir más pequeña que un insecto. Dio una calada larga a su cigarrillo y luego, con una crueldad calculada, soltó el humo directamente en su rostro.

—Tú no tienes hijos, Grace —dijo con un tono despectivo, como si pronunciara una verdad absoluta—. O dejaste de tenerlos el día que me los vendiste.

Ella abrió los ojos como platos, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. Su cuerpo tembló y negó con la cabeza, sus labios apenas logrando formar palabras.

—¿Q-qué? ¿Vender... venderte a mis hijos? —balbuceó, su voz rota por la incredulidad.

Lucien dejó escapar una risa pesada y llena de fastidio. Tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con un movimiento brusco del zapato. Luego, con una furia contenida en cada paso, se acercó a ella, inclinándose ligeramente hacia adelante, lo suficiente para que Grace sintiera su presencia como una amenaza palpable.

—No te hagas la inocente —escupió con frialdad—. Sabes perfectamente lo que hiciste. Tuviste el valor de vender a tus propios hijos, Grace. No intentes engañarme, porque yo estaba ahí. Fui yo quien pagó por ellos.

Grace retrocedió instintivamente, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras su rostro palidecía, incapaz de procesar lo que él decía.

—Pagué un millón de dólares por ellos. —La cifra salió de los labios de Lucien como un latigazo—. Ese fue el precio que pusiste por ellos.

—No... yo... jamás haría eso. Yo... —intentó defenderse, pero su voz se quebró, ahogada por el nudo en su garganta.

Lucien levantó una mano, silenciándola con un gesto brusco. Su mirada permaneció fija en ella, dura como el mármol.

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