«¡Mi luna! ¡No hay duda alguna, esa hembra nos pertenece!»
Rugió la voz del lobo de Raymond, Rustar.
El Alfa de la manada Fuerza Aguerrida. Se irguió, Solem se sorprendió, tosiendo sangre, con su garganta herida.
Raymond comenzó a avanzar hacia la loba blanca que venía corriendo metros en la distancia entre los cadáveres, su silueta iluminada por el naranja ardiente del fuego que consumía el bosque.
—Fort, ocúpate de Solem —ordenó Raymond, sin mirarlo. Con un tono gélido que no dejó espacio a negativas—. Házlo sufrir antes de matarlo.
Sin esperar respuesta, ese alto macho comenzó a caminar, sus botas manchadas de la tierra y sangre bajo sus pies.
Ayseli, en su forma lobuna de Syla, se quedó quieta por un instante. Su cuerpo temblaba ligeramente, el dolor que la invadía era desgarrador al ver la escena atroz frente a sus ojos azules.
—No… Basta… Por… Por favor… —rogó la loba blanca, volviendo a ver hacia ese hombre lobo que se acercaba a ella con pasos lentos pero firmes.
……..
Mientras tanto. Detrás de ellos…
¡Fort obedeció y sujetó con fuerza la cabeza de Solem, inclinándose hacia ese maldito jerarca principal del templo!
—Llevo años esperando este momento, Solem —soltó Fort, con sus ojos grises llenos de odio, fijos en Solem.
Solem, en lugar de suplicar, soltó una carcajada grave y llena de burla.
—¡JAJAJA! ¡Entonces seguirás esperando…! —dijo con voz ronca—. Porque el momento de matarme… no te pertenece, traidor.
Antes de que Fort pudiera reaccionar, Solem comenzó a recitar un antiguo hechizo, su voz resonando con fuerza sobrenatural.
"¡¿Qué demonios…?! ¡¿Y ese hechizo?! ¿Magia? ¿Un don? ¡No! ¡Solem es un lobo bendito por la diosa!, no un un híbrido o… ¿Sí?"
Pensó Fort confundido, retrocediendo unos pasos, y justo en ese momento…
¡Tanto el cuerpo de Lucía, como Solem, se esfumaron en un destello silencioso!
—¡No!… ¡No! ¡Maldito seas! —Fort rugió, quedando con las garras en el aire, incrédulo ante lo que acababa de presenciar.
……….
—¡¡¡AAAAAAHHHH!!! —se escucharon los gritos de la loba blanca, cuando el Rey Alfa Raymond, dejó a su lobo Ruster emerger.
¡EL ENORME LOBO ROJIZO SE ABALANZÓ SOBRE ELLA, SIN PIEDAD!
POOOF~
Raymond, ya en su forma de lobo, había saltado sobre Ayseli, derribándola contra el suelo manchado de sangre.
La fuerza de su cuerpo enorme la aplastaba contra la tierra húmeda. Ella forcejeó, arañando con desesperación, soltando un aullido lleno de furia.
—¡Suéltame! —rugió ella, sacudiendo la cabeza.
«No nos está reconociendo… ¿Realmente es nuestra mate?, algo pasa…», le dijo Raymond a su lobo, por medio de su enlace mental.
Ruster, su lobo, gruñó, sus colmillos a centímetros del cuello de ella.
—Indignante… —murmuró ese enorme lobo de un pelaje rojizo azabache, viendo a la loba blanca, con desprecio—. Mi luna no puede ser una m@ldita loba de la diosa… Una loba lunar que nace solo para cumplir un propósito y morir… patéticamente.
«Entonces… ¿Qué haremos con esta loba inútil?, ya tengo a una hembra y una hija. No necesito una loba como esta…», dijo Raymond lleno de arrogancia.
—¡¡DÉJAME IR, MALDITO LOBO TIRÁNICO!! —rugió con fuerza la loba blanca que seguía forcejeando, bajo el imponente macho que la dominaba.
«Entonces recházala… y mátala…»
Sugirió Ruster.
Raymond se sorprendió ante las palabras de su lobo.
«Si no la quieres cerca, deshazte de ella. Pero será una pena… Las lobas lunares tienen dones que ninguna otra posee. Podríamos… usarla en "eso"…», recalcó finalmente el lobo de ese cruel Alfa.
—¡Déjame ir, maldito monstruo! ¡Déjame ir! ¡Tengo que ir por los cachorros del templo! ¡Déjame, por favor! —rogaba la hembra lunar.
Pero… para desgracia de Ayseli. Ese lobo ya había tomado una decisión.
En un movimiento rápido y feroz, hundió sus colmillos en la nuca de esa loba blanca y…
¡LA MARCÓ!
—¡¡¡AAAAHHHHG!!! —el grito de ella resonó por todo el campo.
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