✧✧✧ La noche de ese mismo día, en la manada Fuerza Aguerrida. ✧✧✧
El ambiente en la oficina del Rey Alfa Raymond, era sumamente tenso.
Frente al escritorio de madera oscura, una mujer de cabello castaño largo y lacio, con ojos rojizos como el vino tinto, estaba de pie, su rostro estaba encendido por la furia.
—¡¿Cómo pudiste hacerme esto, Raymond?! —rugió la hembra alta de un cuerpo ejercitado, firme, pero sin perder su femineidad.
Con manos temblorosas por la ira, la hembra tomó un jarrón de porcelana de un mueble cercano y con un movimiento brusco, lo lanzó contra el suelo.
¡¡¡CRAAAAAAANK!!!
Los fragmentos volaron en todas direcciones, brillando fugazmente antes de caer inertes sobre la alfombra y el piso.
La mujer, una loba médica llamada: Malahia, apretó los puños y clavó su mirada ardiente en el Alfa que seguía sentado tras el escritorio.
El Alfa Raymond, levantó la vista lentamente. Sus ojos verdes destilaban frialdad, y su voz grave resonó con calma.
—No empieces con otra de tus rabietas, Malahia —dijo el Rey Alfa, con un tono altivo—. No me hagas perder el tiempo. Deberías estar agradecida de que no haya hecho esto público.
Malahia dio un paso adelante.
—¿Agradecida? —soltó la hembra con sarcasmo—. ¡Me estás humillando! Rebajándome a una simple concubina… ¡y dándole mi título, el que le prometiste a mi familia, a esa loba lunar! ¡A esa cualquiera! ¡A esa perra estúpida que ni tú mismo conoces bien!
La rabia en su voz iba acompañada de un brillo húmedo en sus ojos, mezcla de dolor y su orgullo herido.
—Yo siempre he estado contigo, apoyándote —continuó Malahia, hablando con la respiración agitada—. ¡Te di una hija! ¡Una cachorra, Ray!
Raymond frunció el ceño apenas un instante, aunque su voz se mantuvo implacable.
—Sí, me diste una hija, y la amo. Pero necesito un cachorro… un macho fuerte.
Ella apretó los dientes, sintiendo cómo el calor de la ira subía por su cuello.
—Podemos tenerlo juntos —insistió la hembra—. Pero tú… te acostaste con esa esclava. Ese trofeo de guerra que trajiste al vencer al templo sagrado.
Raymond se puso de pie, y dio la vuelta al escritorio con pasos firmes, el hombre-lobo se detuvo frente a Malahia.
Sus manos grandes se posaron sobre sus hombros, sujetándola con firmeza y su mirada verde, penetrante como dagas, se clavó en los ojos rojizos de ella.
—Desgraciadamente, esa prisionera… —él hizo una pausa por un segundo, como intentando tener la resistencia de soltar esas asquerosas palabras— …es mi Luna, mi mate. No puedo evitar tenerla cerca, mi lobo enloquece si la huele.
Malahia sintió un nudo en el estómago, pero él no le dio espacio para hablar.
—Pero tú eres más importante para mí —añadió el Rey Alfa—. Te amo, y de todas maneras, los lobos lunares no viven mucho tiempo. Esa esclava morirá cuando cumpla su propósito de nacimiento.
Entonces, Malahia inclinó levemente el rostro, y con un susurro cruel y despiadado, dijo:
—No… si yo la mato antes.
Raymond sonrió de lado, como si el comentario fuera una broma que solo él entendía.
No le respondió a Malahia, ella se apartó de golpe y caminó hacia la puerta, abriéndola con brusquedad.
¡¡¡BAAAM!!!
¡Azotó la puerta, marchándose!
………….
✧✧✧ Unas horas más tarde. ✧✧✧
Ayseli avanzaba por un pasillo tenuemente iluminado por farolas de pared.
A su lado, el Beta Walter caminaba erguido, escoltándola.
Detrás de ellos, dos guardianes hombres lobo, altos y de complexión imponente, mantenían una distancia exacta.
"¿Qué fue lo que me inyectaron…?"
Pensaba Ayseli, con el ceño ligeramente fruncido. Nunca en su vida se había sentido tan fuerte, tan… viva.
No había rastro de dolor, ni de fatiga. Su respiración era amplia, sus músculos parecían listos para reaccionar, ya no tenía ni una sala herida.
Miró de reojo el cristal alto y alargado a su izquierda. Afuera, la luna llena bañaba el patio con su luz plateada.
"Podría correr… podría saltar…"



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