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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1440

¿Casiana?

Félix frunció el ceño con fuerza, recorrió el lugar con la mirada y, al no encontrarla, exigió:

—¿Dónde está? ¿A qué hora vino?

—Hace unas dos horas.

Al ver el cambio radical en el rostro del doctor, la recepcionista se asustó y su tono se volvió temeroso y respetuoso: —Le expliqué que por reglas de seguridad no podía quedarse esperando aquí, así que se fue caminando con su maleta.

—Creo que agarró hacia la de...

Antes de que la chica pudiera terminar la oración, Félix ya se había dado la vuelta y había salido disparado por la puerta.

—¡Dr. Hidalgo! —La recepcionista dio un salto del susto y se puso de puntillas intentando advertirle con buenas intenciones—: ¡Afuera está cayendo un diluvio! ¡Se fue sin paraguas!

Félix pareció no escucharla, y su imponente figura desapareció rápidamente bajo la espesa cortina de agua y niebla.

¡Dios mío, ¿quién era esa mujer?!

¡Jamás en su vida había visto al doctor perder la compostura de esa manera!

No muy lejos de allí.

Casiana estaba tirada en el suelo mojado; su tobillo izquierdo palpitaba de dolor, hinchado como un globo.

Trató de sacar su celular para pedir ayuda, pero descubrió con horror que, al caerse, la pantalla se había hecho añicos y el aparato estaba completamente muerto.

Como si su suerte pudiera empeorar. Era el colmo de los colmos.

Casiana se mordió el labio para soportar el dolor, apoyándose en el asfalto, luchando por ponerse de pie. Apenas dio dos pasos cojeando, el dolor la fulminó, y volvió a desplomarse.

La tormenta arreciaba, nublándole la vista.

Las gruesas y heladas gotas de agua le golpeaban el rostro sin piedad, ardiéndole la piel.

La frustración y la tristeza la desbordaron en un segundo. Se frotó los ojos con impotencia, intentando con todas sus fuerzas tragarse las lágrimas.

Justo cuando estaba a punto de intentar levantarse de nuevo.

Una figura inconfundible apareció entre la neblina a corta distancia, avanzando hacia ella a zancadas firmes, desafiando a la tormenta.

Félix.

Al verlo, los ojos de Casiana se enrojecieron de golpe. Toda la angustia reprimida estalló, y las lágrimas se mezclaron con la lluvia, bajando a torrentes por sus mejillas.

—¿Qué diablos haces aquí?

Félix se detuvo frente a ella. Al verla empapada y hecha un desastre, su atractivo rostro se contrajo en una mueca severa.

¿Mmh?

¿Por qué no había zapatos de mujer?

Estaba cien por ciento segura de haber escuchado la voz de una chica en aquel teléfono, y además, la forma en que él le había hablado fue sumamente dulce y tierna.

—¿Planeas quedarte ahí parada echando raíces o qué? —Félix salió del baño con una toalla impecable en las manos, mirando fijamente a la chica que parecía un cachorro mojado, y su voz sonó tan neutra que era imposible descifrar sus emociones—: Ya preparé el agua caliente. Ve a bañarte.

—Ah, claro.

Casiana volvió a la realidad de inmediato. Miró su pie lastimado, luego levantó la mirada hacia Félix, y con su voz suave y dulce, le preguntó: —Hola, disculpa... ¿tienes unas muletas por casualidad?

¿Qué era todo eso?

¡¿Hola, disculpa?!

¡Acaso pretendía darle clases de etiqueta a estas alturas!

Al ver que Félix la fulminaba con una mirada de hielo sin decir una sola palabra, Casiana apretó los labios, sintiéndose terriblemente avergonzada.

Después de considerarlo un segundo, decidió imitar a un conejo herido y brincar en un solo pie hasta llegar al baño.

Y justo cuando estaba pensando, ¿cómo es que brincan los conejos, exactamente?

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