—De acuerdo, cuñada —respondió Gilda. Tras sostener a Héctor y despedirse de los demás, se marcharon.
Rogelio había tomado un par de copas con Leonardo y estaba un poco entonado, pero a diferencia de Héctor, era mucho mejor aguantando el alcohol y se mantuvo completamente lúcido todo el tiempo.
—Doña Inés quiere verme, así que también nos retiramos.
Aldana tenía las manos en los bolsillos y el cuello ligeramente encogido contra el frío, dejando a la vista solo sus grandes y expresivos ojos, viéndose absolutamente adorable.
Después de hablar, miró a Lourdes, que tenía las mejillas rojas y no parecía del todo sobria.
—¿El guardaespaldas de Lourdes ya regresó?
—Aún no —respondió Gilda, alzando levemente la barbilla—. Ha estado esperando en el auto todo este tiempo, sin comer ni beber. Tiene mucha paciencia.
Aldana miró hacia afuera y, en efecto, vio el auto deportivo negro estacionado bajo el poste de luz.
—Hace demasiado frío afuera, suban rápido al auto —les apresuró Sombra, envolviéndose más en su abrigo—. Ya le avisé a Darío, está en camino. Yo me quedaré aquí acompañando a Lourdes.
—Perfecto.
Aldana no dijo más y se fue junto a Rogelio.
Al dar un par de pasos, se cruzaron con Darío que se acercaba.
El hombre saludó con todo respeto:
—Srta. Carrillo, Sr. Rogelio.
—Lourdes tomó un poco de más, prepárale un buen caldo para la resaca.
Darío desvió la mirada hacia Lourdes, quien estaba recargada contra la pared, riéndose sin sentido.
Sí.
Definitivamente estaba borracha.
—Entendido, Srta. Carrillo. Yo me encargaré de cuidarla.
Después de decir eso, Darío apresuró el paso hasta llegar al lado de Lourdes.
—¡Darío!
Al verlo, Lourdes extendió los brazos de inmediato y se lanzó a abrazarlo.
—Aquí estoy.
Darío la abrazó con fuerza al instante, sosteniéndola mientras se despedía de Sombra y Leonardo.
—Eh, llévala a descansar pronto, cuidado en el camino.
Sombra se rascó la nariz, manteniendo una sonrisa de circunstancia.
—De acuerdo.
Darío asintió y le preguntó a Lourdes en voz baja:
Luego, dándose cuenta de que había sonado demasiado arrogante, se puso de puntitas, le dio un beso en la comisura de los labios y rio:
—Aunque fui una experta en el pasado, ya me regeneré, mi amor.
—Conque presumiendo, ¿eh? —la manzana de Adán de Leonardo se movió, y apretándole la cintura, murmuró con voz ronca—: Esta noche no vas a dormir.
—¿Ah, sí?
Sombra se acurrucó más en su pecho, levantó el rostro y lo miró con una sonrisa burlona:
—Pues no vas a poder, estoy en mis días.
—¿En tus días?
Leonardo no entendió al principio. ¿Qué significaba eso?
—Así es.
Sombra le guiñó un ojo, sonriendo sin decir nada más.
Leonardo finalmente entendió.
Con razón había estado tan rebelde hoy. Encendiendo fuegos sabiendo que él no podría apagarlos.
Que riera todo lo que quisiera.
En un par de días se las iba a cobrar todas juntas.

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