—¡Héctor, deja de fingir que estás muerto!
Gilda forcejeó desesperada. El vestido largo que llevaba puesto hoy no era el más cómodo para hacer movimientos bruscos.
Y para colmo, Héctor la tenía atrapada como si fuera un koala, imposibilitándole mover brazos o piernas.
Quería patearlo, pero simplemente no tenía margen de maniobra.
Gilda empezó a sospechar que ese desgraciado se estaba vengando de ella a propósito por haber sido tan estricta en sus entrenamientos.
—Gilda...
Héctor inhaló el suave y fresco perfume que emanaba de ella, cerró los ojos y cayó en un sueño profundo.
Gilda forcejeó un par de veces más, pero al ver que era inútil, se rindió y se quedó mirando el techo con frustración.
Quizás por el cansancio acumulado de los últimos días o por la repentina baja de adrenalina, el sueño comenzó a vencerla.
Al principio solo quería descansar los ojos un momento, pero sin darse cuenta, se quedó dormida.
Cuando volvió a abrir los ojos.
Ya era de día, y alguien golpeaba la puerta de la habitación:
—Joven Héctor, el desayuno está listo.
Gilda abrió los ojos y se topó con un rostro muy familiar a escasa distancia.
Héctor seguía profundamente dormido. Desde ese ángulo, podía ver sus largas y espesas pestañas.
Sus rasgos faciales eran bastante finos y tenía un gran parecido con Rogelio Lucero.
Pero su semblante era mucho más dócil, dándole el aspecto de alguien a quien es fácil intimidar.
—¿?
Al darse cuenta de que se le había quedado mirando, Gilda frunció el ceño con disgusto.
—Joven Héctor...
Volvieron a tocar a la puerta, y Héctor, frotándose las sienes que le palpitaban de dolor, gruñó medio dormido:
—¡Ya dejen de golpear!
Héctor intentó incorporarse y, de repente, se dio cuenta de quién estaba frente a él.
Cerró los ojos, creyendo que era una alucinación, y los volvió a abrir.
—¡Mierda!
Héctor se despertó de golpe, agarró las sábanas retrocediendo aterrorizado:
—¡Ahhhh! ¡Gilda! ¿Qué haces aquí?
Si no se equivocaba, ¡esta era su habitación!
Acaso anoche...
Héctor se mordió el labio y levantó disimuladamente las cobijas para echar un vistazo.
No se había quitado la ropa, ¿y sus pantalones seguían en su lugar?
¡Qué maldita decepción!
—Cállate.
Gilda agarró la almohada que tenía a mano y se la estrelló en la cara con fuerza, frunciendo el ceño.
—Anoche te emborrachaste y te quedaste dormido encima de mi brazo.
El golpe terminó de despertar a Héctor, y al rebuscar en su memoria, le llegaron algunos destellos de lo ocurrido.

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