Casiana no sabía qué tanta credibilidad darle a esas palabras.
¿Y si Félix le estaba mintiendo?
Decir todo eso frente a su supuesto gran amor, ¿no sería inapropiado?
—A decir verdad, Félix te ama profundamente —dijo Fabiola, esbozando una leve sonrisa que culminó en una carcajada suave.
Casiana levantó la mirada hacia Fabiola, con los ojos llenos de confusión.
—Para serte sincera, cuando estábamos en la secundaria, me le declaré —continuó Fabiola, sin perder la sonrisa—. Pero me rechazó en ese mismo instante.
Casiana escuchaba en silencio, con el corazón hecho un nudo.
—Su razón para rechazarme fue muy simple —Fabiola la miró a los ojos—. Me dijo que se había enamorado de una chica y que solo planeaba casarse con ella en esta vida.
»En ese momento, hasta me dio risa.
La sonrisa de Fabiola se volvió un poco amarga.
—Pensé que solo era un romance adolescente, que era absurdo pensar tan a futuro. ¿Cuántos amores de estudiantes logran llegar al altar?
»Nunca imaginé que de verdad se casaría con ella —Fabiola borró su sonrisa, adoptando una expresión seria—. Fue entonces cuando supe que la persona que le gustaba eras tú.
Casiana se quedó petrificada en su asiento, con la mente en blanco y un hormigueo recorriéndole la nuca.
—¿La persona que siempre le ha gustado... soy yo? —articuló Casiana, con la voz áspera.
—Así es. La persona que le gusta, desde siempre, has sido tú —asintió Fabiola—. Desde la secundaria hasta ahora. Solo tú.
Casiana no podía moverse, había perdido la capacidad de razonar.
Siempre pensó que el amor platónico de su esposo era Fabiola...
Estos tres años.
¿Acaso había estado sintiendo celos de sí misma?
La puerta se abrió y entraron Rogelio Lucero, Aldana y Wilfredo.
—Vaya —al ver a Félix despierto, Wilfredo curvó los labios en una sonrisa burlona—. Esa táctica de dar lástima que te enseñó el viejo zorro te salió bastante bien, ¿eh?
»Un brazo, una pierna y la cabeza. ¡Te lastimaste de manera muy uniforme!
—¿Tú le enseñaste eso? —Aldana levantó la cabeza para mirar a Rogelio, con una expresión bastante intimidante.
—Solo lo mencioné por encima, no pensé que el doctor Hidalgo se lo tomaría tan en serio —se encogió de hombros Rogelio, intentando excusarse con evidente nerviosismo.
—Jajaja... —Wilfredo soltó una carcajada estrepitosa—. Menos mal que el viejo zorro no te enseñó una táctica suicida, porque si no, en vez de recuperar a tu esposa, habrías perdido la vida.
—¿De qué te ríes? ¡Lo dices como si tú tuvieras esposa! —Félix clavó una mirada gélida en Wilfredo, tan fría que asustaba—. Ah, claro. Si ni siquiera tienes novia.
El nivel de contraataque superaba el mil por ciento.
La sonrisa de Wilfredo se desvaneció al instante.

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