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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1840

En la carretera.

El auto de Hernán Mendoza apenas había avanzado unos cuantos kilómetros cuando el volante dejó de responder por completo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Hernán desde el asiento trasero, con el ceño fruncido.

—¡Jefe, parece que los frenos fallaron!

El chofer giró el volante con desesperación mientras el vehículo comenzaba a dar bandazos violentos sobre el asfalto, yendo de lado a lado a toda velocidad.

—¡Frena! ¡Frena de una puta vez!

En medio de los gritos desesperados de Hernán, el coche se estrelló de lleno contra la barrera de contención.

—¡Ahhhh!

Como no llevaba puesto el cinturón de seguridad, Hernán salió proyectado hacia adelante. Su cabeza se estampó contra la ventanilla, destrozando el cristal.

Los pedazos de vidrio le cortaron el rostro y el impacto le arrancó dos dientes de raíz. La sangre comenzó a brotarle de inmediato.

—Jefe, ¿se encuentra bien?

El conductor, gracias a las bolsas de aire, salió ileso pero temblaba de terror.

¡Plaf!

Hernán le cruzó la cara con una bofetada brutal. Se cubrió el rostro ensangrentado y gritó de dolor:

—¡¿Cómo diablos fallaron los frenos?!

—Jefe, le juro que revisamos el auto antes de salir, todo estaba perfecto —tartamudeó el conductor, blanco del susto—. ¿Cree que fue la gente de Lourdes Yáñez?

Hernán se quedó paralizado. Una furia homicida cruzó por sus ojos inyectados en sangre.

¿Lourdes Yáñez?

¿Quién más podría ser?

El hombre apretó los dientes, escupiendo sangre, y rugió a todo pulmón:

—¡Lourdes Yáñez y yo seremos enemigos hasta la muerte!

***

En la mansión.

Después de solucionar todo el caos del casino, Lourdes llegó a casa exhausta.

Darío se arrodilló frente a ella de inmediato para cambiarle los tacones por unas cómodas pantuflas.

Como a Lourdes siempre le gustaba provocarlo, levantó el pie descalzo y lo apoyó con atrevimiento sobre su rodilla.

Darío simplemente curvó los labios en una pequeña sonrisa y le permitió el capricho.

—Me acaban de decir que Hernán Mendoza tuvo un accidente en la carretera. Se rompió la cabeza y perdió dos dientes. —Los hermosos ojos de Lourdes se clavaron en él, sabiendo perfectamente la respuesta—. Fuiste tú, ¿verdad?

—Sí, fui yo. —Darío le envolvió el tobillo con la mano, limpiándole la piel con absoluta delicadeza.

—¿Así de vengativo eres? —Lourdes arqueó una ceja, divertida.

—Así es.

Darío levantó la mirada lentamente. Su hermoso rostro estaba bañado en una frialdad absoluta.

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