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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1839

—¿Qué más quieres? —Hernán lanzó una mirada de asco a Darío—. Es solo un perro callejero, ¿acaso quieres que pague con vidas humanas por él?

—Je.

La mirada de Lourdes se oscureció. Arqueó sus labios rojos y su voz sonó profunda y rasposa:

—Incluso si es un perro, es mi perro. ¿Quiénes se creen los demás para tocar a mi hombre?

Al escuchar esto, Darío movió los ojos ligeramente.

En su rostro endurecido asomó el más mínimo rastro de una sonrisa.

Sí.

Él era suyo, única y exclusivamente de ella.

—Tráiganlo.

Con una sola orden de Lourdes, el hombre de la cicatriz fue arrastrado a la sala junto con sus patéticos secuaces.

Habían intentado escapar, pero los guardias del casino los agarraron a golpes.

Todos tenían múltiples fracturas y la cara destrozada.

—¡Jefe!

El hombre de la cicatriz levantó la vista hacia Hernán, temblando de miedo, y rápidamente agachó la cabeza.

Hernán apartó la mirada con frialdad. Ver a esos inútiles solo le provocaba más asco.

—¿Qué necesita la señorita Yáñez para estar en paz?

—Darío.

Lourdes sonrió suavemente, volteó hacia el hombre a su lado y dijo con total tranquilidad:

—Arruínale la mano izquierda.

¿La mano izquierda?

El hombre de la cicatriz casi se orina del terror. Miró a su jefe suplicando piedad:

—¡Jefe, lo del corte en la cabeza fue un accidente!

—Oh.

Lourdes se acomodó en su silla, mirando al tipo con ojos lánguidos y crueles.

—Entonces dejemos que Darío le haga un agujero «accidental» a tu mano izquierda también.

El hombre de la cicatriz se quedó atónito. ¡¿De verdad estaba hablando en serio?!

—Señor Mendoza, no tengo tiempo para seguir jugando con usted.

Lourdes se levantó y se arregló su larga cabellera con indiferencia.

—Si usted no es capaz de controlar a sus perros sarnosos, tendré que salir y charlar con los clientes del casino.

Hernán apretó los dientes, forzando una sonrisa espantosa:

—Es solo una mano. Adelante, señorita Yáñez.

—¡Jefe! —chilló el hombre de la cicatriz, aterrorizado.

Pero Hernán ni se inmutó y dio la orden a sus propios guardias:

—Sujétenle la mano izquierda.

—El jueguito de hoy estuvo entretenido. Esperamos su próxima visita, señor Mendoza.

Hernán: «...»

Lourdes: —Que alguien acompañe al señor a la salida.

—¡Hmph!

Hernán pasó junto a ella, escupiendo sus últimas palabras con furia:

—Señorita Yáñez, el mundo es redondo. Ya nos veremos las caras.

—Claro que sí. —Lourdes se giró y le sonrió provocativamente—. Pero para la próxima avíseme con tiempo, yo viajaré en avión para no mezclarme con usted.

Hernán: «...»

Una vez que Hernán y sus matones arrastraron el cuerpo inconsciente de su secuaz hacia la salida...

La sala volvió a quedar en total silencio.

—Díganle al equipo de limpieza que dejen este cuarto impecable.

Lourdes dio su última orden y miró a Darío.

—Vámonos.

—Sí.

Darío asintió, pero de reojo le lanzó una última mirada helada a la espalda de Hernán Mendoza.

¿Atreverse a gritarle a su señorita?

¡Ya vería!

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