«Ella lleva quince años enamorada de mí. ¿Con qué armas pretendes pelear contra mí?»
Esa frase fue como un golpe maestro, atravesando a la perfección el corazón de Gustavo.
Era cierto.
Si en todos esos años los sentimientos de Casiana por Félix hubieran flaqueado tan solo un poco.
Ese matrimonio ya se habría acabado.
Si no lo amaba, daba igual lo que él hiciera.
—Más te vale.
Gustavo miró a Casiana que se acercaba y mostró una sonrisa cálida:
—Casiana, me retiro. Ojalá que Doña Inés se recupere pronto. Y también les deseo... mucha felicidad.
—Gracias, Gustavo.
Casiana, de forma natural, se puso junto a Félix y le sonrió con suavidad.
—Mmm.
Gustavo le echó una mirada profunda a Casiana y luego al hombre que irradiaba una actitud vigilante a su lado. Arqueando una ceja, dijo a propósito:
—Si en el futuro Félix se atreve a molestarte y quieres el divorcio, yo mismo te puedo redactar los papeles.
—Eh.
La sonrisa de Casiana se congeló y parpadeó—: No creo que sea necesario.
—Con razón sigues soltero —dijo Félix, agarrando la mano de Casiana con fuerza y sonriendo con sarcasmo—: Eres insoportable cuando hablas.
Gustavo se quedó sin palabras.
***
De regreso en la habitación.
Nana Clara le estaba dando agua a Doña Inés. Al ver entrar a la pareja tomados de la mano.
Doña Inés curvó los labios, rebosante de satisfacción:
—Félix, acércate.
—Sí, abuela.
Félix se acercó y se sentó junto a la anciana con mucho respeto.
—Nana Clara ya me contó todo lo que pasó estos días. —Doña Inés habló en voz muy baja, con los ojos llenos de lágrimas—: Gracias. Si no hubiera sido por ti, esta vieja ya se habría reunido con el abuelo de Casiana.
—No diga eso. —Félix esbozó una leve sonrisa, animando a la anciana—: Usted va a vivir cien años para ayudarnos a cuidar a sus bisnietos.
—Muchacho travieso, sabes cómo hacerme feliz.
Doña Inés le dio una palmadita a Félix que no le dolió nada.



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