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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1551

—No fue nada.

Inés Palma se adelantó y le entregó la bolsa a Wilfredo.

—Wilfredo, aquí tienes tu ropa.

—Mmm.

Wilfredo la tomó y la guardó en el auto, sin apartar la mirada de Inés.

Quería preguntarle: «¿Es cierto que estás saliendo con alguien?».

«¿De verdad te gusta ese tipo que solo sabe hablar bonito?».

Pero, ¿con qué derecho podía preguntar?

Si a la chica de verdad le gustaba, ¿acaso él iba a separarlos?

—Llegó una propuesta a la empresa y necesito revisar un contrato —dijo Wilfredo, abriendo la puerta del auto—. ¿Me ayudas a darle un vistazo?

—Claro.

Inés justo no tenía clases esa tarde, así que lo acompañó a la empresa.

Wilfredo era el dueño de Zavala Racing Co.

Al entrar por la puerta principal, vieron decenas de autos deportivos modificados estacionados en el área.

De todos los colores, diseños y formas imaginables.

A Inés nunca le habían interesado esas cosas, pero la escena la dejó maravillada.

—¿Te gustan?

Al notar su sorpresa, Wilfredo murmuró:

—Después de revisar el contrato, te llevaré a dar una vuelta.

—¿De verdad? —Los ojos de Inés brillaron de emoción.

—Por supuesto.

Wilfredo esbozó una sonrisa de medio lado y dijo con tono relajado:

—Si me lo pides, hasta te bajo las estrellas del cielo.

«¿?»

Inés lo miró de golpe. Su sonrisa se congeló y se quedó sin palabras.

—Vamos adentro.

Wilfredo se rascó la nuca y la guio hacia el interior.

Aunque ella apenas estaba en su primer año de universidad, estudiaba mucho por su cuenta, leyendo libros y casos legales.

Entendía bastante de contratos.

En un abrir y cerrar de ojos, encontró los problemas en el documento.

Al terminar.

Inés volvió a la realidad. Por fuera parecía tranquila, pero su corazón latía desbocado.

«¿Qué demonios estoy pensando?».

«¡Es el hermano de mi prima!».

—Prepárate, tres, dos, uno... —Después de contar, Wilfredo pisó el acelerador y el auto blanco salió disparado de la línea de salida con total suavidad.

—¡Ahhh!

Inés se aferró a la manija de seguridad. El viento le deformaba la cara y los oídos le zumbaban.

El auto frenaba de golpe, aceleraba, tomaba curvas cerradas y daba vueltas sobre su propio eje...

Aunque Inés estaba aterrada, nunca había experimentado algo así. Le parecía novedoso y emocionante.

Le encantó.

Tres minutos después.

El auto por fin se detuvo. Inés se desabrochó el cinturón y bajó del vehículo sintiendo que había dejado su alma en el asiento.

Apenas tocó el suelo, las piernas le fallaron y estuvo a punto de caer de rodillas.

—Cuidado.

Wilfredo dio un paso largo, la atrapó entre sus brazos y, con una sonrisa pícara, bromeó:

—Solo te llevé a dar una vuelta en auto, no es para que te emociones tanto y te arrodilles ante mí, ¿verdad?

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