—¡Estás sangrando!
El rostro de Lourdes cambió levemente; tomó la cara de Darío entre sus manos y lo examinó con seriedad: —¿Te duele?
—Mientras la Señorita esté a salvo, esto no es nada.
Darío la miró, asintió suavemente y dejó escapar una mueca de dolor: —Ah...
Una furia inmensa brotó en los ojos de Lourdes, quien acarició su rostro con angustia.
Por un centímetro casi le da en el ojo.
A ella le fascinaban sus ojos.
Lourdes apartó la mano, se dio la vuelta y se plantó frente al hombre de la cicatriz.
—¡Atreverte a armar un escándalo en mi territorio y golpear a mi gente! ¡Estás buscando que te maten!
Al decir eso, Lourdes levantó la mano y le asestó una bofetada.
¡Plaf!
El sonido fue seco y el golpe llevó tanta fuerza que el rostro del hombre se giró bruscamente hacia un lado.
De no ser por los matones que lo sostenían, habría terminado en el piso.
Una vez que recuperó el equilibrio.
El hombre de la cicatriz se agarró la mejilla y fulminó a Lourdes con una mirada llena de odio: —¿Te atreves a golpearme?
—¿Y qué vas a hacer?
Lourdes bajó la mano para que Darío se la limpiara y esbozó una sonrisa despectiva y arrogante: —¿Acaso eres un perro de raza pura que no puedo tocar?
—Tú...
El rostro del hombre de la cicatriz se puso pálido de la ira; sacó un arma y apuntó a Lourdes.
...
Darío también desenfundó de inmediato y le apuntó directo al hombre.
No solo él.
En un instante, todos los guardias de seguridad del casino levantaron sus armas.
Con una sola orden de Lourdes, el hombre quedaría acribillado como un colador.
—Guau.
Lourdes no mostró ni un miligramo de miedo, por el contrario, su sonrisa se hizo aún más amplia: —¿Sacas una pistola de juguete para intentar asustarme?
—¿No te habrás equivocado de lugar? Esto es un casino, no tu parque de diversiones privado: el club de los payasos.
—¡Lourdes Yáñez! —El hombre de la cicatriz estaba lívido.
Las cartas del Casino Costa Oeste tenían un reverso totalmente negro, adornado con la silueta de una diosa alada.
Además, contaban con sellos de seguridad especiales incrustados en diferentes puntos del naipe.
Mediante escáner láser y lectura NFC simultánea, se podía comprobar su autenticidad al instante.
Y como esa tecnología era un secreto estrictamente protegido, el costo y la dificultad para falsificarlas eran descomunales.
Desde el día que el Casino Costa Oeste abrió sus puertas, nadie había logrado copiar sus cartas.
Mucho menos habían tenido acusaciones de "hacer trampa".
Si algo así llegara a comprobarse, tendrían que cerrar el negocio al día siguiente.
Al ver las pruebas que mostraba el hombre de la cicatriz, los apostadores alrededor comenzaron a murmurar, lanzando miradas de sorpresa.
¿Hacer trampa?
Imposible, ¿verdad?
Pero, ¿cómo explicaban la existencia de una carta duplicada?
—Señorita, ya la verificamos, y la carta es idéntica a las nuestras.
El gerente se acercó al oído de Lourdes y le susurró: —Pero le juro que en este casino jamás permitiríamos que algo así sucediera.
Cada una de sus cartas tenía un código único, y tanto el momento de repartirlas como el de recogerlas pasaban por protocolos de altísima seguridad.

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