Lourdes giró la cabeza y lo miró con frialdad: —¿No te estás metiendo demasiado en mis asuntos últimamente?
—Lo siento mucho. —Darío se disculpó con respeto, pero sus manos siguieron acomodando el chal alrededor de ella de todas formas.
Pidió perdón, sí.
Pero el chal no se lo iba a quitar.
—¡Señorita! —El gerente del casino se acercó corriendo.
Después de saludarla, se giró hacia Darío: —Señor Alzamora.
Todo el personal del casino sabía perfectamente que Darío era el "chico lindo" que mantenía la Señorita Lourdes.
Al principio, a nadie le importaba su presencia.
Pensaban que era igual que el primero, el segundo, el tercero o el cuarto... de la incontable lista de chicos mantenidos.
Que en cuanto la Señorita se aburriera de él, lo botaría a patadas.
Pero, ¡oh, sorpresa!
No solo se había quedado mucho tiempo, sino que además era una pieza fundamental en el casino.
Muchos de los problemas más complicados eran resueltos gracias a su intervención.
Sumado a eso, Darío no tenía aires de grandeza, e incluso, de vez en cuando, les regalaba a los muchachos licores y puros carísimos.
Así que, en privado, todos le tenían un profundo respeto.
—Mm.
Darío solo asintió levemente y preguntó: —¿Cuál es la situación adentro?
—Sí, señor.
El gerente asintió y, caminando detrás de Lourdes, les explicó todo lo que había sucedido desde el principio.
...
Lourdes hizo un par de preguntas más y olvidó por completo el asunto del chal.
***
El Casino Costa Oeste.
Ubicado en una de las zonas más caras y exclusivas del Continente de Bravaria.
Con una superficie de más de 550.000 pies cuadrados, ofrecía restaurantes, entretenimiento y todo tipo de lujos.
De arquitectura imponente y techos altos, estaba decorado al más opulento estilo europeo, y su bóveda contaba con un sistema especial de luces que simulaba un cielo azul a la perfección.
Incluso en medio de la noche, bastaba con estar dentro del casino para sentir que era pleno día.
Turistas de todo el mundo adoraban venir al Casino Costa Oeste para relajarse y apostar.
Lourdes caminaba por delante con sus imponentes tacones, mientras Darío la seguía sosteniendo su bolso.
Ambos, ya fuera por su figura, sus rostros o su impactante aura, robaban por completo la atención de cualquiera.
—¡Señorita Yáñez!
—¡Señorita Yáñez!

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