—¿No te gusta?
Wilfredo se quedó paralizado y su voz se volvió profunda:
—¿No están saliendo? Se ven todos los días y toda la facultad lo sabe.
—No.
Inés se frotó la cabeza, algo avergonzada:
—Kilian ha estado intentando conquistarme, pero no me gusta. Esos rumores son completamente falsos; voy a aclararlo todo.
—¿De verdad?
Wilfredo dio un paso al frente y le levantó la barbilla a Inés, examinándola de arriba a abajo.
—Mmm...
Inés se vio obligada a levantar la cabeza para mirarlo a los ojos, y sintió un pequeño tirón en el cuello.
—De verdad.
Era joven, pero no idiota.
Cada vez que Kilian veía a Wilfredo, se desvivía por adularlo.
Y de manera intencional o no, siempre intentaba sacarle información sobre su prima y su cuñado.
Aparte de querer usarla para acercarse a ellos, ¿qué más podría ser?
Ella no lo había expuesto para evitar un escándalo.
Pero ahora lo tenía muy claro.
Ser tolerante con los demás significaba ser cruel con ella misma.
Si él no entendía de razones, no tenía por qué seguir soportando sus chismes.
Si seguía molestándola, perdería la paciencia y revelaría su repugnante verdadera cara.
—Tus ojos dicen la verdad.
El humor de Wilfredo mejoró instantáneamente al recordar las borracheras a altas horas de la noche de días anteriores.
¡Resultaba que había bebido por las puras!
—Tengo muy buenos ojos, mi visión es de 20/20.
A Inés le dolió la barbilla. Frunció un poco el ceño, y moviendo sus labios rojos, preguntó:
—¿Por qué te preocupas tanto por mí, cuando tú mismo le escondes cosas a mi prima?
—¿Qué cosas?
A Wilfredo lo tomó desprevenido la pregunta; no supo cómo reaccionar.
—Na-nada.
Inés estaba tan nerviosa que casi se muerde la lengua y se apresuró a negar con la cabeza—. Wilfredo, ¿no tenías asuntos urgentes que atender? Deberías irte.
—Mmm.
Wilfredo le dio unas palmaditas en la cabeza a Inés, hablando con un tono suave:


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