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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1596

—Ya sacan a Julieta.

***

Al escuchar la voz, la atención de todos se centró en la puerta.

Los doctores salieron empujando la camilla de Julieta.

Estaba cubierta con gruesas mantas y llevaba una mascarilla de oxígeno.

Aunque estaba despierta y tenía los ojos abiertos, su rostro seguía pálido y se veía tan frágil que parecía que fuera a romperse en cualquier momento.

—Julieta...

Quico se inclinó levemente, la rodeó con sus brazos y le besó la mejilla con infinita ternura, con la voz temblorosa: —Perdóname, Julieta, perdóname.

Mientras hablaba, las lágrimas rodaron por sus mejillas, consumido por la culpa.

***

Los demás, con mucha prudencia, no se acercaron a interrumpirlos.

Julieta no tenía fuerzas, así que solo pudo acariciarlo suavemente con un dedo.

Esbozó una sonrisa con mucho esfuerzo y preguntó en un susurro: —¿El bebé es lindo?

—No lo he visto.

Quico le tomó la mano, y su semblante no era mucho mejor que el de ella.

Toda su atención estaba enfocada en su esposa.

¿Qué le importaba ver a un mocoso que casi le cuesta la vida a la mujer que amaba?

—¿Cómo?

Al escuchar su respuesta, Julieta frunció el ceño profundamente.

***

Al ver que ella se molestaba, Quico apretó los labios y murmuró: —Es muy sano... y un poco gordito.

¿Gordito?

Julieta recordó la ecografía del pequeño. El doctor había dicho que era redondito, como un pequeño tanque de gas en miniatura.

—Quiero verlo. —El rostro de Julieta se iluminó con una sonrisa, aunque hablaba sin fuerza.

—Se lo llevaron para darle leche —dijo Quico, limpiándole el sudor del rostro con suma delicadeza—. Primero volvamos a la habitación, y cuando te recuperes un poco, podrás verlo.

—Pero es que yo quiero... —Julieta negó con la cabeza, ansiosa por conocer a su bebé.

***

Al ver su mirada suplicante, a Quico se le ablandó el corazón.

***

—Sí, claro, claro que sí.

Cornelio se rascó la cabeza y tomó a su esposa Sania del brazo. —Nosotros vamos a cuidar a Julieta. Vámonos, vámonos.

Ambos estaban bastante acobardados, y antes de irse, se aseguraron de mantener una distancia prudente de Aldana.

—Bueno, nosotros vamos a ver al bebé, tú descansa, Aldi —dijeron los demás, riendo nerviosamente mientras se alejaban casi al trote.

La expresión de su hermana era de temer; parecía un pequeño barril de pólvora a punto de explotar.

Nadie se atrevía a provocarla.

***

Julieta necesitaba descansar.

Los demás entraron a saludarla brevemente y luego salieron de la habitación.

Aldana se sentó en la puerta y esperó allí en silencio durante cinco horas.

—Señorita Carrillo, ya no hay ningún problema. —El médico salió tras revisar a Julieta, esbozando una sonrisa—. Puede irse a descansar tranquila, nosotros nos encargaremos de todo aquí.

—Gracias por su esfuerzo.

Tras confirmar que Julieta estaba completamente fuera de peligro, Aldana finalmente se levantó, con el rostro marcado por un profundo agotamiento.

El viaje relámpago, sumado a la operación y las horas de espera en la puerta de la habitación, la habían dejado exhausta.

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