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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1597

Aldana llevaba casi veinte horas sin pegar un ojo.

—Usted es quien más ha trabajado —comentó el médico con profunda admiración—. Si no fuera por usted, probablemente no habríamos podido salvarla.

La reputación de la Dra. Noche no era una exageración.

—No es nada.

Aldana esbozó una leve sonrisa, levantó la mirada hacia el interior de la habitación y dijo: —Si su estado es estable, llévenle al bebé para que esté a su lado.

Tras dar las últimas instrucciones, Aldana caminó hacia la salida y, a lo lejos, divisó a un hombre.

Llevaba un elegante abrigo de lana color camel y, doblada sobre el brazo, sostenía una chaqueta del mismo tono.

Estaba de pie bajo la luz de una farola. El resplandor tenue resaltaba su figura imponente y majestuosa.

Incluso envuelto en las sombras de la noche, su presencia era tan deslumbrante que resultaba imposible apartar la mirada.

Rogelio estaba inicialmente de espaldas a ella, pero, como si tuviera un sexto sentido, se dio la vuelta justo en el instante en que la joven apareció.

Sus miradas se encontraron. Él se acercó rápidamente y abrió el abrigo que llevaba en las manos para envolver a Aldana en un cálido abrazo.

—¿No te dije que me avisaras antes de salir para que entrara a buscarte?

Rogelio bajó la mirada, observando su rostro demacrado, y sintió una punzada en el pecho.

—No siempre tienes que ser tú quien camine hacia mí —respondió Aldana, levantando la barbilla para darle un beso en la comisura de los labios, y añadió con una dulce sonrisa—: Yo también puedo caminar hacia ti.

—Aldi.

Rogelio enarcó una ceja, sus ojos se oscurecieron con intensidad y su voz adquirió un tono seductor: —¿Eso cuenta como una romántica confesión de amor?

—¿Por qué no habría de serlo?

Aldana deslizó las manos en los bolsillos del abrigo de él, apoyó la barbilla en su pecho y sonrió con la picardía de un zorro. —Estoy muy cansada, no puedo dar un paso más. ¡Cárgame!

—De acuerdo.

Rogelio la levantó en brazos sin dudarlo, caminando con paso firme y seguro hacia el estacionamiento.

Aldana se acurrucó plácidamente en su pecho, y el sueño no tardó en invadirla.

Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, escuchó la voz profunda de Rogelio:

—Aldi, ¿te gustan los niños?

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