Rogelio tomó su celular y abrió los mensajes.
Aldana le había enviado una foto.
En la imagen, la chica estaba sentada en un balcón, sosteniendo un helado, sonriendo a la cámara de manera dulce y triunfante.
Su expresión parecía decir: «Nadie me controla, he logrado la libertad de comer helado».
—Je.
Rogelio curvó los labios y una leve carcajada escapó de su garganta.
Los altos ejecutivos estaban en shock.
El presidente primero ponía cara de hielo y luego sonreía; parecía sufrir de bipolaridad.
¡Plaf!
El subordinado que estaba rindiendo el informe quedó tan en shock por la carcajada que se le resbaló el documento y cayó pesadamente sobre la mesa.
Los demás: «¡¡¡!!!»
El subordinado se disculpó a toda prisa:
—¡Lo siento mucho, Sr. Rogelio!
Rogelio giró la cabeza lentamente y le dedicó una leve sonrisa:
—No pasa nada.
Los demás: «¿¿¿???»
¿Por qué el presidente de repente sonreía de manera tan paternal?
Entendido.
Seguro que la Srta. Carrillo le había dado su pastilla para la ansiedad.
En el chat grupal, los ejecutivos tecleaban frenéticamente:
[¡Ahhhh! ¡Pasen la voz, al presidente no lo abandonaron!]
[Suspiro.jpg. Que la Srta. Carrillo regrese pronto, por favor, y controle a su hombre.]
Esa bipolaridad diaria y sus cambios de humor como si pasara las páginas de un libro... ¡nadie los soporta!
Rogelio amplió la foto, la redujo, la amplió, la redujo...
Después de hacerlo varias veces, su corazón vacío finalmente se llenó un poco.
Dejó el celular y miró a todos:
—El desempeño de este trimestre ha sido excelente, doble bono para todos.
Los demás: «¡¡¡!!!»
***
Tras terminar de trabajar.
Rogelio estaba sentado en el auto, mirando las calles iluminadas por luces de neón a través de la ventana.
En la pantalla del celular estaba la foto de Aldana.
Calculó la hora exacta en la que ella se despertaría.
Rogelio la llamó; sonó durante cinco segundos y ella contestó:
—Bueno.
Esperó a que se enjuagara la boca antes de volver a hablar:
—¿Qué agenda tienes para más tarde?
—Registrarme, recoger el cronograma de la competencia. —Aldana se inclinó y se echó agua en la cara—. Luego, entrenaré a los participantes.
Llevaba un camisón de tirantes; al inclinarse, la tentadora vista de su escote quedó completamente expuesta.
Su piel era radiante.
Sus curvas eran envidiables.
Como si lo estuviera provocando a propósito.
A Rogelio se le secó la garganta y, algo incómodo, se aflojó la corbata.
En su mente resonó el tema de la «vasectomía».
Aprovechando que Aldi no estaba, era el momento perfecto para solucionarlo.
—Recuerda comer.
Intercambiaron un par de palabras más y, tras colgar, Rogelio le dijo a Eliseo:
—Hazme una cita con un urólogo.
¿Uró-urólogo?
¿Por qué de repente el jefe iba a ver a un especialista en eso? ¿Acaso en ese aspecto...
¿No funcionaba?
¡Dios mío! [Muerde_el_pañuelo.jpg]

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