—Por supuesto que no.
Máximo trataba a este futuro cuñado con todo el respeto del mundo. Si quería ganarse a Gilda, quizás tendría que empezar por caerle bien a él.
—Siéntate bien y cállate. —Gilda lo miró de reojo con tono severo.
—Pero yo... —Héctor intentó protestar, pero se topó con la mirada de advertencia de Gilda. Inmediatamente se encogió en su asiento.
De acuerdo.
De todos modos, iba a tener los ojos bien abiertos para no dejar que el tipo se pasara de listo.
—Señor, ¿nos conocemos? —preguntó Gilda yendo al grano.
¿Se conocían?
¿Eran amigos de la infancia?
¿Acaso era su primer gran amor?
Héctor mordía el popote de su bebida, con las orejas atentas, sintiendo que los celos lo carcomían.
—¿La señorita Gilda me reconoce? —Máximo se emocionó, clavando sus ojos intensos en la chica que tenía enfrente. Su voz sonaba ronca.
—No. —Gilda le echó un balde de agua fría—. Solo me pareces un poco familiar, además de que te la pasas mirándome.
—Mhm.
Máximo apenas podía contener su alegría. De todas las personas secuestradas aquel año, que la señorita Gilda lo recordara aunque fuera un poco, significaba que le había prestado atención especial.
Qué satisfacción.
—Sí nos conocemos. —Máximo apretó las manos sobre la mesa, hablando con nerviosismo—. ¿Recuerdas el Caso de Secuestro en Nostara de hace unos años?
...
Gilda hizo memoria y asintió.
Ese secuestro había sido un escándalo masivo. Las víctimas eran todos hijos de magnates.
Recordaba que en total eran diez jóvenes.
Los delincuentes los llevaron a la frontera y amenazaron con ejecutarlos si no pagaban. Aquella banda era conocida por cobrar el rescate, matar a las víctimas de todos modos y borrar cualquier evidencia.
Los empresarios se unieron y buscaron ayuda en la Escuela de Cazadores.
Gilda fue la líder de la operación de rescate.
Héctor había destrozado su vaso de cristal con la mano.
—¡Qué mala calidad tienen estos vasos! —Héctor sacudió la mano. Tenía varios cortes y le salía sangre.
—¡Muchacho, ¿estás bien?! —Máximo se levantó de un salto y le ofreció servilletas, buscando quedar bien ante los ojos de Gilda.
—Estoy bien. —Héctor rechazó su ayuda de un manotazo y le tendió la mano a Gilda, mirándola con ojitos de cachorro abandonado—. Entrenadora Gilda, ¿tienes botiquín en tu mochila?
—Mhm.
Gilda lo miró con cansancio, sacó los remedios que siempre llevaba y empezó a limpiarle la herida.
Ella siempre había dicho que Héctor tenía un tornillo suelto. ¡Romper un vaso de cristal con las manos desnudas!
—¿Te duele? —Gilda le aplicaba desinfectante con el ceño fruncido.
—Sí. —Héctor asintió, viéndose devastado e indefenso—. Me duele muchísimo.
¡Gilda había abrazado a este tipo!
Una cosa era salvarlo, pero ¿abrazarlo?
Ahí estaba. Seguro ahí fue donde surgió el amor.

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