—Hola, muchacho. Me llamo Máximo Solórzano.
Máximo extendió la mano, sonriendo con amabilidad y mucha cortesía.
—¿A quién le dices muchacho? —Héctor tenía una cara de pocos amigos, parecía a punto de explotar de la rabia.
—¿Eh? —Máximo se quedó perplejo, su sonrisa vaciló y dijo con algo de incomodidad—: Lo siento. ¿Podrías decirme cuál es tu nombre?
—No.
Héctor se cruzó de brazos, decidido a ser lo más maleducado posible.
El tipo estaba intentando robarle a la chica, obviamente no le iba a sonreír.
—¿Qué pasa? —Al escuchar la conmoción, Gilda se dio la vuelta y se encontró con la mirada de Máximo.
¿Hmm?
Ese rostro, esos ojos... en verdad le resultaban familiares.
¿La conocía?
Él había sido quien la invitó personalmente a participar en este torneo.
Debía haber algún motivo detrás de todo eso.
—Hola. —Máximo sonrió. Como había mucha gente y no quería causar malentendidos que perjudicaran a Gilda, preguntó con educación—: Señorita Gilda, ¿tiene tiempo para tomar un café? Me gustaría platicar sobre un par de cosas.
—¡A ella no le gusta ir a tomar café con extraños! —Héctor se adelantó a rechazarlo. Su sexto sentido masculino le advertía que este hombre no tramaba nada bueno.
—Si tiene algo que decirme, dígalo ahora.
Gilda miró fijamente al hombre. Era alto, tenía buena figura y era algo mayor que Héctor, exudando el aura de un hombre maduro.
Si se paraba junto a Gilda, cualquiera diría que hacían una buena pareja.
Si Héctor no estuviera perdidamente enamorado de ella, hasta él los habría emparejado.
Qué lástima.
Él amaba a Gilda. Estaba loco por ella. Nadie se la iba a arrebatar.
—Gilda, vamos a tomar café a La Pastelería de la entrada —dijo Héctor mirándola con ojitos de perro arrepentido—. Ahí venden los panecillos dulces que te gustan.
—Ve tú. —Gilda lo miró de reojo y luego se dirigió a Máximo—: Señor, guíeme el camino.
¿Eh? Héctor parpadeó, incrédulo.
Máximo sonrió levemente e hizo un gesto elegante:

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