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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1664

—Hola, muchacho. Me llamo Máximo Solórzano.

Máximo extendió la mano, sonriendo con amabilidad y mucha cortesía.

—¿A quién le dices muchacho? —Héctor tenía una cara de pocos amigos, parecía a punto de explotar de la rabia.

—¿Eh? —Máximo se quedó perplejo, su sonrisa vaciló y dijo con algo de incomodidad—: Lo siento. ¿Podrías decirme cuál es tu nombre?

—No.

Héctor se cruzó de brazos, decidido a ser lo más maleducado posible.

El tipo estaba intentando robarle a la chica, obviamente no le iba a sonreír.

—¿Qué pasa? —Al escuchar la conmoción, Gilda se dio la vuelta y se encontró con la mirada de Máximo.

¿Hmm?

Ese rostro, esos ojos... en verdad le resultaban familiares.

¿La conocía?

Él había sido quien la invitó personalmente a participar en este torneo.

Debía haber algún motivo detrás de todo eso.

—Hola. —Máximo sonrió. Como había mucha gente y no quería causar malentendidos que perjudicaran a Gilda, preguntó con educación—: Señorita Gilda, ¿tiene tiempo para tomar un café? Me gustaría platicar sobre un par de cosas.

—¡A ella no le gusta ir a tomar café con extraños! —Héctor se adelantó a rechazarlo. Su sexto sentido masculino le advertía que este hombre no tramaba nada bueno.

—Si tiene algo que decirme, dígalo ahora.

Gilda miró fijamente al hombre. Era alto, tenía buena figura y era algo mayor que Héctor, exudando el aura de un hombre maduro.

Si se paraba junto a Gilda, cualquiera diría que hacían una buena pareja.

Si Héctor no estuviera perdidamente enamorado de ella, hasta él los habría emparejado.

Qué lástima.

Él amaba a Gilda. Estaba loco por ella. Nadie se la iba a arrebatar.

—Gilda, vamos a tomar café a La Pastelería de la entrada —dijo Héctor mirándola con ojitos de perro arrepentido—. Ahí venden los panecillos dulces que te gustan.

—Ve tú. —Gilda lo miró de reojo y luego se dirigió a Máximo—: Señor, guíeme el camino.

¿Eh? Héctor parpadeó, incrédulo.

Máximo sonrió levemente e hizo un gesto elegante:

¡Él ni siquiera se le había declarado a Gilda todavía! ¿Iba a dejar que un aparecido le ganara la partida?

—¡Chica glotona, ve a comer tú sola! —Héctor le arrebató la mochila y salió corriendo a grandes zancadas tras ellos.

***

En la cafetería.

Gilda y Máximo estaban sentados frente a frente. Héctor se había sentado en un costado.

Tenía el ceño fruncido y los miraba con recelo, bufando por la nariz.

—¿No ibas por tus postres? —preguntó Gilda con curiosidad.

—Sí, bueno... —Héctor contestó de mala gana—. Parecía que iba a llover y como no traes paraguas, vine a traértelo.

¿Llover?

Gilda miró por la ventana el cielo perfectamente despejado y azul.

¡Este chico estaba loco!

—Ya que estoy aquí, te esperaré —dijo Héctor desparramándose en la silla como si fuera el dueño del lugar, después de pedir su café favorito. Miró a Máximo con desafío—: Al señor no le molesta, ¿verdad?

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