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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1697

—Me parece perfecto.

Al ver que Gilda no sospechaba nada, Dalia suspiró aliviada: —Por cierto, jefa, el señor Solórzano y el señorito Héctor ya están en el área de entrenamiento.

Gilda frunció el ceño y de repente la deliciosa comida que tenía en las manos ya no le pareció tan apetitosa.

—¿A qué vinieron esos dos otra vez? ¿Acaso no les quedó claro con los golpes de la última vez?

—No creo. —Dalia se frotó el puente de la nariz—: Jefa, ¿no quieres comer un poquito más rápido?

—¿?

—Es que... este... —Dalia apretó los labios y murmuró—: Eso de que dos rivales de amor se encuentren en un campo de batalla es terrible, y lo más seguro es que terminen a golpes.

¿Rivales de amor?

¿Qué rivales?

¡Ella no había aceptado a ninguno!

—Déjalos que peleen —respondió Gilda, desviando la mirada y hablando con total desinterés—: Mejor si se matan, así no tengo que perder mi tiempo ensuciándome las manos.

—Bueno, si lo pones así...

Dalia le echó una miradita de reojo a su jefa y soltó una risita nerviosa: —Si alguien se muere, seguro será el señorito Héctor, ya ves que está enfermo.

—No sé cómo le hizo, porque siempre se ve muy fuerte, pero ahorita mismo le tomé la temperatura y trae 38.5 grados.

Mientras hablaba, Dalia observaba la reacción de Gilda: —Venir a entrenar estando enfermo... Vaya que el señorito Héctor tiene ganas de superarse.

Al escuchar eso.

Por fuera Gilda no mostró ninguna alteración en su expresión, pero por instinto comenzó a comer mucho más rápido.

Dalia sonrió satisfecha en su interior.

Ese lugar en la mesa principal de la boda iba a ser suyo a como diera lugar.

***

Diez minutos después.

Gilda apareció en el área de entrenamiento.

Aún no había llegado hasta ellos, cuando pudo ver a Máximo y a Héctor como dos gallos de pelea.

Ambos se miraban con ojos fulminantes, y la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.

—Ya llegó la jefa Gilda —tosió Dalia a propósito, para alertarlos.

Si Héctor daba un paso, él daba otro.

Si Máximo trataba de bloquearlo, Héctor le devolvía el bloqueo.

En medio de la pista de entrenamiento, los dos hombres iban de un lado a otro, bloqueándose mutuamente sin darse tregua.

Gilda se masajeó las sienes y pronunció solo dos palabras: —¡Par de idiotas!

—Señorito Héctor, Sr. Solórzano... —Al ver la ridícula escena, Dalia intervino apresuradamente—: Si siguen caminando, van a salir del país.

Los dos se miraron, se detuvieron y luego empezaron a empujarse para ser el primero en regresar al lado de Gilda.

Gilda: «¡Par de idiotas!»

Como Máximo corrió más rápido, estaba a punto de llegar primero.

En un acto de astucia, Héctor simplemente se dejó caer al suelo y se desmayó.

Dalia parpadeó sorprendida y corrió hacia él de inmediato: —¡Madre mía, el señorito Héctor está ardiendo!

—¡Ahhhh, señorito Héctor, no te mueras!

—No me sacudas tan fuerte —murmuró Héctor frunciendo el ceño, abriendo apenas un ojo—: Me vas a matar de verdad con tanta sacudida.

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