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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1696

[¡Recibido, gracias, hermano!]

Tras enviar su respuesta, Héctor encendió rápidamente su deportivo, preparándose para orquestar un «encuentro casual».

***

Después de guardar el teléfono.

Rogelio cayó en la cuenta de algo importante.

Si Héctor lograba conquistar a Gilda, ¿cómo iban a quedar los títulos familiares?

Si se regían por la posición de Gilda...

¿Acaso tendría que degradarse y llamar «cuñado mayor» a Héctor?

¡Sería el mundo al revés!

***

En la planta baja.

Gilda, con su mochila al hombro, llegó al estacionamiento solo para darse cuenta de que había dejado las llaves del auto en la recámara de Aldi.

Si regresaba por ellas, definitivamente la despertaría.

Tras pensarlo un segundo.

Decidió que mejor pediría un Uber.

Mientras esperaba mirando a su alrededor, un coche negro se detuvo justo a su lado. La ventanilla bajó, revelando el rostro guapo, aunque algo pálido, de Héctor.

—Qué casualidad.

Héctor la miró y esbozó una sonrisa radiante—: El destino nos junta. Sube, te llevo.

—No es necesario.

Gilda lo miró con indiferencia, moviendo apenas los labios: —Ya pedí un viaje.

—Revisa bien, seguro te cancelaron —dijo Héctor con total confianza—. Esta es una de las zonas residenciales más exclusivas de la capital; no dejan entrar autos de aplicación.

Gilda no le creyó y revisó su teléfono.

El conductor había cancelado el viaje.

Le creyó.

—Regresaré por mis llaves. —Gilda dio media vuelta para irse.

—No te servirá de nada. —Héctor se quedó en su sitio y continuó sin prisa—: Hoy no circulas; por la restricción vehicular, tu auto no puede entrar al centro.

Gilda volvió a revisar las noticias en su celular y vio que era cierto.

—Desde aquí hasta la zona donde podrías encontrar un taxi, tendrías que caminar al menos cuarenta minutos.

Héctor levantó la vista hacia el cielo grisáceo y le habló con tono paternal: —El clima dice que va a llover al rato. Apenas te estás recuperando, no seas terca.

—Mira, si te sientes incómoda, haz de cuenta que soy tu chófer de aplicación y me pagas el viaje, ¿qué te parece?

Tras meditarlo un momento, Gilda finalmente se subió al auto de Héctor.

Para evitar malos entendidos, le dio el dinero por adelantado.

Estaba a punto de irse.

—Gilda. —Héctor sacó una pequeña lonchera térmica de los asientos traseros con una sonrisa coqueta—: No solo soy buen conductor, también cocino.

—¿Qué te parece si me pagas un poquito más y me compras el desayuno?

—Al menos me esforcé levantándome a las cuatro de la mañana para hacerlo, y sabe muy rico.

—Tiene hasta tus huevitos estrellados y un tazón de esa sopa reconfortante que te gusta.

Gilda no había desayunado y sí tenía hambre, pero no quería seguir interactuando con él.

Dudó un par de segundos.

Y luego entró al edificio sin siquiera mirar atrás.

Tsk.

Héctor torció los labios y marcó el número de Dalia: —Abre la puerta, llegó tu repartidor de comida.

***

En la oficina.

Dalia tocó la puerta y entró con una enorme sonrisa: —Jefa, llegó el desayuno.

Al abrir los recipientes, Gilda encontró empanaditas al vapor, su tazón de sopa reconfortante, unos huevos y un vaso de jugo de naranja recién exprimido.

Todo lo que le encantaba.

—La verdad, la comida de este lugar está muy buena. —Gilda probó un par de bocados y lo alabó, satisfecha—: La próxima vez iremos a probar directo al restaurante.

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