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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1698

—Perdón.

Dalia miró con culpa por encima de su hombro y luego desató su lado actoral—: ¡Jefa Gilda, tienes que venir a revisarlo! ¡Creo que el señorito Héctor como que se murió un poquito!

—La otra vez decía que yo era el débil. —Máximo rio con sarcasmo—. ¿Quién asegura que no está fingiendo?

Gilda apretó los labios y se acercó a Héctor.

Ayer había tenido una fiebre altísima y en la madrugada se levantó a las cuatro para prepararle el desayuno.

Era imposible que estuviera del todo bien.

—Señorita Gilda, si gusta, le puedo dar respiración boca a boca. —Máximo estaba dispuesto a regresarle la jugada.

La última vez Héctor lo hizo quedar en ridículo; todo lo que perdió esa vez, lo iba a cobrar con intereses hoy.

Gilda le lanzó una mirada fulminante y caminó hasta quedar junto a Héctor.

Se agachó.

Le puso la palma de la mano en la frente y sintió una temperatura alarmante.

Si seguía quemándose a ese grado, terminaría tonto.

—Llévalo a la enfermería —ordenó Gilda en voz baja, retirando la mano.

—Señorita Gilda, no te molestes. —Máximo se acercó, dispuesto a manosear a Héctor—. Te juro que me está copiando el truquito de la última vez.

En el juego del romance, no había nada más detestable que fingir un desmayo para ganar atención.

Mientras hablaba.

Máximo estiró la mano dispuesto a pellizcarle la boca a Héctor.

—¿Eh?

Dalia dio un salto por el susto y, justo cuando estaba por detenerlo, la mano de Máximo fue apartada bruscamente.

Y la persona que lo apartó, no fue otra que Gilda.

—No lo toques. —El rostro de Gilda era pura seriedad mientras le clavaba a Máximo una mirada gélida.

Máximo se acobardó al ver el hielo en los ojos de Gilda; la distancia que interpuso lo dejó sin palabras.

¿Por qué la señorita Gilda reaccionaba así?

¿Acaso...

De verdad le gustaba Héctor?

Era la primera vez que la veía poner una cara de tanta preocupación.

«¿?»

Dalia se espantó con la frialdad de su voz, bajó la cabeza en silencio y tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar escapar una sonrisa.

Resulta que a la jefa no le era tan indiferente el señorito Héctor después de todo.

Dalia, que solo esperaba escuchar eso, asintió y la vio alejarse antes de perderlos de vista a ambos.

«¿?»

Al escuchar el ruido, Héctor dejó a un lado su teatro y se sentó de golpe.

Casi le da un infarto al pobre médico.

—Señor Lucero, ¿qué le sucede? —El doctor lo sujetó de los hombros y miró a Dalia aterrorizado—: ¡Ayúdame rápido, está convulsionando!

—Estoy bien.

Héctor le apartó las manos al médico y miró a Dalia: —¿Y Gilda? ¿Se fue con Máximo Solórzano? ¿Qué tiene que andar hablando con él?

—No puedo permitirlo, tengo que ir a vigilarlos. Ese perro rastrero aprovecha cualquier oportunidad, ¡es un peligro!

—¡Ey! ¡Señorito Héctor! —Dalia lo detuvo apresuradamente, diciéndole con tono aleccionador—: Si sales corriendo detrás de ella ahorita, ¿no se va a dar cuenta de que te estabas haciendo el muerto?

—Además, es obvio que la jefa Gilda jamás se fijaría en Máximo Solórzano, puedes relajarte.

Quien ama y quien no, se notaba a leguas.

Héctor lo reflexionó un momento y, sin decir palabra, volvió a acostarse.

El doctor a su lado parpadeó incrédulo: —¿Haciéndose el muerto?

Héctor lo miró fijamente y le dijo con total seriedad: —Prométeme que no escuchaste nada.

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