Para rematar, la cámara hizo un primer plano hiperrealista al rostro podrido del cadáver.
—¡Aaaah!
—¡Aaaaah!
—¡AAAAAAAAAAH!
El último grito fue de Héctor. Agudo, ensordecedor y desgarrador.
Al mismo tiempo que gritaba, se lanzó de cabeza contra el pecho de Gilda.
—¡Ahhh, es horrible, es horrible! —gritaba Héctor, abrazándose al cuello de ella, casi destrozándose las cuerdas vocales.
Gilda se quedó petrificada. Dejó que él se aferrara a ella como un pulpo mientras recibía las miradas extrañadas de todos los que estaban alrededor.
—Lo siento, disculpen las molestias —dijo Gilda, tapándole la boca a Héctor y esbozando una sonrisa incómoda—. Mi novio es un poco miedoso.
Solo entonces el resto del público volvió la vista a la pantalla.
Tras ese pico de tensión, la película volvió a un ritmo más calmado.
—Oye.
Gilda le dio unas palmaditas en la nuca a Héctor y le sonrió con ironía.
—¿No decías que me ibas a proteger, señorito Héctor?
Era la primera vez en su vida que veía a un hombre adulto convertido en una gelatina por una película de terror.
Héctor, ya más tranquilo, hizo un puchero y admitió la verdad.
—Tampoco sabía que me daban miedo las películas de terror.
Gilda lo miró en silencio durante unos segundos, incapaz de evitar que las comisuras de sus labios se curvaran hacia arriba.
Cobarde.
—Vámonos —dijo ella, levantándose y tomándolo de la mano.
—¿Ya no la vas a ver? —preguntó él, sorprendido.
—Para mí, este tipo de películas son como dibujos animados —asintió Gilda—. Solo me quedé porque pensé que a ti te interesaba.
Héctor sintió que su inteligencia y su hombría acababan de recibir un golpe mortal al mismo tiempo.
—Vámonos —Gilda tiró de él, bajando la voz—. Parece que la próxima escena es peor...
—¡Vámonos ya!
Héctor se levantó como un resorte, la siguió a toda prisa y dijo con urgencia:
—Rápido, rápido, que la música ya cambió de nuevo.
Gilda estaba muda.
***
Gilda casi nunca lograba seguirle el ritmo a la mente de Héctor, así que se quedó en blanco. Por la intensidad de su mirada, parecía algo de vida o muerte.
—Quería saber...
Héctor bajó la mirada y depositó un beso muy suave sobre los labios de ella.
—¿A qué sabía la salchicha asada que te comiste hace un rato?
Gilda lo miró, preguntándose si había escuchado bien.
¿Su "duda muy seria" era sobre a qué sabía su comida?
—Imposible describirlo —lo fulminó con la mirada, sin dar crédito a sus palabras—. Dejé la mitad en la basura de la calle. Si bajas ahora, seguro la encuentras todavía tibia.
—No hace falta que baje.
Héctor volvió a inclinarse y le dio otro beso rápido en los labios.
—Así también puedo descubrirlo.
Gilda lo miró fijamente. Estaba a punto de decirle que estaba loco, cuando el beso, de repente, se volvió más profundo.
Gilda no habló.
¿De verdad este hombre era humano?
¡Cada día se parecía más al perro del amuleto!

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