Gilda tomó el celular y se lo pasó a Dalia. Ella lo conectó ágilmente a los altavoces, y la voz de Alondra retumbó en la sala:
«Dar tu brazo por la vida de tu hijo me parece un precio muy justo, ¿no crees?».
«Si tú no lo haces, hay muchos otros dispuestos».
«Pero si te niegas, despídete de ese corazón. Escuché que a tu chiquillo solo le quedan dos semanas, ¿verdad?».
La sala estalló en murmullos al oír la grabación.
Y si alguien creía que el audio podía haber sido generado por inteligencia artificial, el video despejaba cualquier duda.
La pantalla mostraba una conversación de chat entre Alondra y su mayordomo:
[Tenemos a su hijo. Nosotros decidimos si vive o muere.]
[Esta clase de muertos de hambre sin poder son muy fáciles de manipular.]
[Mañana, en la rueda de prensa, haz que muera en algún momento. Así Gilda nunca podrá levantar cabeza.]
[¿Su hijo? Si le damos el corazón, tendremos que pagar la cirugía. Si se muere, se muere. En cuanto a su esposa, deshazte de ella como sea.]
[La madre de Héctor también es una inútil. Ni siquiera puede deshacerse de una mujer. Tuve que hacerlo yo.]
[Si Gilda se atreve a competir conmigo, la haré desaparecer sin que se dé cuenta.]
Todo el mundo se quedó boquiabierto ante semejante maldad.
Habían visto gente cruel, pero esto era de otro nivel: traicionaba a sus cómplices y no sentía piedad ni por un niño.
—Yo... yo no fui —tartamudeó Alondra, intentando negar lo innegable frente a todas las pruebas.
—En caso de que alguien dude de la autenticidad de estos archivos, he invitado a peritos expertos para que los analicen en vivo —anunció Gilda con voz fría y serena.
—Como esto también involucra un intento de homicidio, he llamado a la policía. Los agentes ya vienen en camino.
—Me hago cien por ciento responsable de cada una de estas pruebas. Si hay algo falso aquí, asumiré las consecuencias legales que correspondan.
—Señorita Alondra Valeriano, la justicia divina no perdona. La verdad puede tardar, pero siempre sale a la luz.
Alondra se quedó congelada, sin palabras ante las acusaciones de la multitud.
—Menos mal que la señorita Gilda tiene sangre fría para defenderse. Otra persona ya habría sido destruida por Alondra.
—Señorita, ¿nos dará una explicación?
—En los mensajes vemos que su mayordomo estuvo involucrado. ¿Significa eso que su familia también lo sabía?
Al ver que los reporteros empezaban a salpicar a los Valeriano, el hombre entró en pánico y le murmuró:
—Señorita, será mejor que nos vayamos.
La situación se les había salido de las manos.
Tenían que volver a casa para hablar con su abuelo y su padre; quizás ellos aún pudieran apagar el incendio.
Después de todo, los Valeriano tenían poder en la capital y ciertas conexiones con la familia Lucero.
Y Gilda no era más que una parienta lejana sin importancia, odiada por Elvia Lucero.
Poniendo las cosas en la balanza, estaban seguros de que los Lucero respaldarían a los Valeriano.

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