Al escuchar las palabras de Vicente, todos contuvieron el aliento.
Varios periodistas ya estaban redactando dos versiones diferentes para sus titulares:
[Vicente acusa a Gilda en vivo]
[¡Giro inesperado! ¿La verdadera culpable es la heredera Valeriano?]
Alondra permaneció sentada, fingiendo tranquilidad, aunque por dentro estaba atacada de los nervios. Se negaba a creer que Vicente se atreviera a sacrificar la vida de su hijo.
—La culpable... —Vicente bajó la cabeza, su voz sonaba áspera y desgastada, pero de repente levantó la vista hacia Gilda, visiblemente alterado—: La señorita Gilda...
Alondra soltó un suspiro de alivio al oír ese nombre. Una leve sonrisa asomó en sus labios.
«Ahí lo tienen», pensó. «Creí que esta clase de chusma tendría más agallas».
¡Clic, clic, clic!
Los fotógrafos no dejaban de tomar fotos a Gilda. ¿Ya podían publicar los titulares?
En medio del alboroto, la mano de Vicente se alzó de golpe y señaló directamente a Alondra, que estaba frente a Gilda.
—¡La señorita Gilda no tiene nada que ver! ¡La verdadera culpable es Alondra Valeriano!
—¿Qué? —Los camarógrafos giraron rápidamente sus lentes hacia Alondra. ¿Qué estaba pasando?
—Mi hijo padece del corazón. Por fin habíamos encontrado un donante, pero Alondra Valeriano se adueñó del órgano. Me amenazó diciendo que si no hacía lo que ella pedía, dejaría que el corazón de mi niño dejara de latir. ¡No me quedó opción! ¡Se los juro, no tenía otra salida!
Mientras hablaba, las lágrimas corrían por el rostro de Vicente. Ver a aquel hombre de casi un metro noventa llorando con el corazón destrozado encogió el alma de todos los presentes.
—La señorita Gilda es una gran persona. Sabía de mi situación y me pagaba un excelente sueldo... Y no solo eso. Después de lo que pasó, fue en secreto al hospital y le entregó veinte mil pesos a mi esposa en efectivo.
—¡Ni siquiera conozco a este sujeto! —exclamó pálida—. ¿Cuánto te pagó Gilda para que me difames de esta manera?
—¿Difamarte? —Vicente se limpió las lágrimas, se puso de pie y la fulminó con odio—. Señorita Valeriano, hay que tener un poco de conciencia en esta vida.
—Me arriesgué a que Dios me castigara, me rompí mi propio brazo derecho para acusar a una inocente. ¿Y usted qué hizo? No solo no operó a mi hijo a tiempo, sino que lo usó como rehén. El doctor me advirtió que si no lo operan en dos días, no sobrevivirá.
—Yo soy un pecador, acepto el castigo que me toque. Pero mi hijo, ¿qué culpa tiene él?
—¿Dice que la difamo? Aquí tengo las pruebas.
Dicho esto, Vicente sacó su celular del bolsillo y se lo entregó a Gilda.
—Señorita Gilda, aquí están grabadas todas nuestras reuniones, y también hay un video que tomé a escondidas.
—Para usarte de chivo expiatorio, Alondra me obligó a suicidarme —sollozó Vicente—. Si no fuera porque la gente de la señorita Gilda me salvó justo a tiempo, ahora estaría muerto y no podría desenmascararla aquí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector