—Gilda —siseó Alondra, fulminándola con la mirada y apretando los dientes—. Me las vas a pagar.
Había miles de formas de acabar con ella.
Y no iba a dejar que se saliera con la suya.
—¡Abran paso! —Un par de guardaespaldas empujaron a la multitud y escoltaron a Alondra hacia la salida.
—¡No dejen que se vaya! —gritaron algunos asistentes, pero nadie se atrevió a acercarse, viendo con impotencia cómo se alejaba.
¿Se iba así sin más?
Los reporteros volvieron su atención hacia Gilda.
¿Iba a dejarla escapar?
—Hermana, se está escapando —protestó Dalia, frustrada—. ¿Qué hacemos? ¿Mando a alguien a bloquear su auto?
—No hace falta. —Gilda observó el auto alejarse, con una sonrisa helada en los labios—. Podrá huir de momento, pero su familia no puede mudarse mágicamente.
Dicho eso, miró a los reporteros y preguntó con calma:
—Con esto concluyo mi declaración de hoy. ¿Tienen alguna otra pregunta?
¿Eh?
Todo había pasado tan rápido que los periodistas estaban en shock.
Por un momento, no supieron ni qué preguntar.
Al fin, a uno se le encendió el foco y alzó el micrófono:
—Señorita Gilda, ¿cómo piensa proceder ahora?
—¿Yo? —Gilda esbozó una media sonrisa, su tono era relajado y frío—. Hay que dejar que los expertos hagan su trabajo. Si Alondra cometió un delito, que se encargue la policía.
Los reporteros se quedaron mudos.
¿Iba en serio a llegar hasta las últimas consecuencias contra ella?
Los Valeriano eran una de las familias más poderosas de la capital. Aunque Gilda estaba amparada por los Lucero, no dejaba de ser una simple allegada.
¿Se atrevería la familia Lucero a declararle la guerra a los Valeriano por ella?
Aquello prometía ser un dolor de cabeza inmenso.
***
Tras responder, Gilda miró a Dalia y le indicó en voz baja:

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