—Él y yo...
Lourdes abrió la boca y estuvo a punto de decir que era su «chico mantenido».
Así era. Ella le pagaba. ¿Cierto?
Pero obvio no podía soltarlo así. Si su madre se enteraba, la mataría a regaños.
Además...
No quería que Darío Alzamora se enredara con su familia.
—Olvídalo, no lo entenderían aunque se los explicara. Ya vi que Gilda está bien, así que me regreso al casino. —Lourdes se levantó, agarró su bolso, se puso los tacones y se fue.
—¡Oye!
Sania quiso detenerla, pero Lourdes salió disparada como un rayo.
—Esta muchacha se la pasa de arriba para abajo haciendo ruido, ¡y ni sé en qué anda!
Aldana parpadeó, guardando silencio.
¿En qué andaba?
Pues perdiendo la cabeza por su chico mantenido.
Aunque a juzgar por su actitud, parecía que ya se estaba aburriendo y estaba pensando en buscarse otro.
***
En la Mansión Lucero.
Elvia Lucero estaba paralizada, pálida y con expresión lúgubre mientras leía las noticias en su celular.
Miró a su marido, consternada, y le preguntó con la voz temblorosa:
—Alondra siempre parecía ser tan dulce, buena y educada. ¿Cómo fue capaz de cometer semejante atrocidad?
—Las apariencias engañan —respondió Don Segundo Lucero mientras le servía un vaso de agua para calmarla—. Será muy joven, pero resultó ser una gran actriz.
Elvia tomó el vaso, con el rostro lleno de sentimientos encontrados.
Jamás se imaginó que alguien pudiera albergar tanta maldad.
—Mi amor, gracias a Dios Héctor nunca la quiso. Si no...
El solo hecho de pensar que había estado a punto de meter a una víbora así en la familia hizo que Elvia quisiera abofetearse a sí misma.
—Nuestro hijo tiene muy buen gusto —Don Segundo sonrió y dijo en voz baja—: Fíjate cómo manejó la situación. Gilda se portó a la altura, con muchísima clase y cabeza fría.
—A pesar de haber caído en una trampa, no dudó en ayudar a salvar una vida. Esa nobleza y gran corazón son dignos de admirar.
—Dudo mucho que la señorita Gilda logre meterla a la cárcel.
***
Mientras tanto, en la residencia Valeriano.
Apenas se bajó del auto, Alondra cruzó la puerta llorando a moco tendido.
El maquillaje perfecto que llevaba se había convertido en un desastre.
El rímel escurrido formaba dos líneas negras y grotescas que le llegaban hasta la barbilla. Daba terror verla.
—¡Ay Dios mío! ¿Qué le pasó a mi niña preciosa?
Don Bartolomé Valeriano, que estaba tomando té en la sala, se alertó al verla entrar desconsolada.
—¡Abuelo! —Alondra se tiró a sus brazos, deshecha en lágrimas—. ¡Me humillaron horriblemente!
—¿Te humillaron?
Don Bartolomé se quedó helado un instante, y luego su rostro se endureció, bramando:
—¿Quién demonios tuvo el atrevimiento de lastimar a la joya de los Valeriano?

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