Gilda lo miró a los ojos.
—¿De verdad? —exclamó Vicente, tan emocionado que casi se tira al suelo otra vez para rogarle.
Dalia lo sostuvo rápidamente y le dijo sin tanta paciencia:
—¡Ya, vete! El tiempo en el hospital apremia. Tendrás muchas oportunidades para redimirte.
—Sí, sí, sí. —Vicente asintió con fuerza, jurando en voz alta—: ¡Jamás olvidaré la bondad de la señorita Gilda!
Le serviría con devoción por el resto de su vida...
No.
En la próxima vida también seguiría pagándole su deuda.
Una vez que Vicente se marchó, Dalia se acercó a Gilda y le levantó el pulgar en señal de aprobación:
—¡Hermana, estuviste increíble!
Si le hubieran levantado semejante calumnia a ella, ya habría caído en depresión y se habría tirado de un puente.
—Grábate esto en la cabeza: el miedo no sirve para nada —dijo Gilda, despeinándole un poco el cabello con una sonrisa—. Hay que encarar los problemas y salir al ruedo. Si tienes la conciencia tranquila, no hay a qué temerle.
—Entendido —asintió Dalia, sintiendo la adrenalina—. Hermana, ahora me siento invencible.
Si alguien se atrevía a molestarla, le soltaría dos buenos puñetazos.
Gilda le devolvió la mirada:
—Más te vale haberlo entendido bien.
***
Mientras tanto, en la mansión, la familia de Aldana Carrillo se miró sorprendida tras ver la transmisión en vivo.
—Vaya, sí que es dura la Cuarta —dijo Wilfredo Zavala, arqueando las cejas con una sonrisa—. Con esa mente y esas tácticas, de pronto me da un poco de lástima Héctor.
Si a Gilda se le antojaba jugar con él, se lo comería vivo.
—¡No digas tonterías! —Sania Verano le dio un manotazo y le hizo señas con los ojos, recordándole que Rogelio seguía ahí.
Aunque Rogelio no fuera el que llevara los pantalones en casa, Héctor seguía siendo su hermano menor.
Al menos había que guardar las apariencias.
—Lo importante es que ella está bien —suspiró Cornelio Espinosa—. El problema es que se ha metido con los Valeriano, y eso va a traer complicaciones.
Los Valeriano tenían muchísimo peso en la capital.
Pagaría por ver la cara que tiene en este momento.
Me encantaría reírme un rato en su cara.
—Ay, hija —Sania suspiró frustrada y le dio unas palmaditas en la mano—. En vez de meterte en la vida ajena, ¿por qué no arreglas tus propios asuntos?
—¿Qué asuntos? —Lourdes frunció el ceño y murmuró—: Estábamos hablando de Gilda, ¿por qué me metes a mí?
—¿Qué es lo que pasa exactamente con tu noviecito ese? —indagó Sania.
—¿Cuál novio? —Lourdes desvió la mirada, evadiendo el tema—. No tenemos ese tipo de relación.
—¿Entonces qué son? —Sania no tenía idea de que su hija estaba manteniendo a un chico; juraba que eran pareja—. Los he visto muy acaramelados todo el día.
La última vez él fue a buscarla a la entrada del edificio. Quién sabe qué le habrá dicho, pero Lourdes le acomodó una buena bofetada.
Sin embargo, el muchacho en vez de enojarse se rio feliz de la vida.
¡Ay!
Supuso que ya estaba demasiado vieja.
¿Acaso ahora el amor implicaba recibir golpes?

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