¿Casarse?
¿Su pequeña Gilda acababa de aceptar su propuesta de matrimonio?
De haber sabido que era tan fácil, se hubiera roto unos cuantos huesos mucho antes.
«¡Sí, quiero!»
Héctor gritaba frenéticamente en su mente. Era lo que más deseaba en el mundo, por supuesto que quería.
Pero entonces recordó las palabras de Aldana.
No podía mostrarse demasiado feliz, o todo su esfuerzo se iría por la borda.
—Ya dije todo lo que tenía que decir, piénsalo bien —concluyó Gilda, volviéndose luego hacia los padres de Héctor—. Sin importar en qué condiciones se encuentre Héctor, nunca lo abandonaré. Así era antes, y así será de ahora en adelante.
Gilda salió de la habitación, dejando únicamente a la familia de tres.
Se miraban los unos a los otros, completamente perplejos.
—No habrá dicho eso en un momento de impulso, ¿verdad? —murmuró Doña Elvia.
Si Héctor quedaba inválido, el resto de su vida sería muy difícil.
Y lo peor...
Al no poder moverse de la cintura para abajo, tampoco podrían llevar una vida matrimonial normal.
Casarse con él significaba quedarse a cuidar a un marido que no podía funcionar.
Cualquier otra chica ya habría inventado mil pretextos para escapar. ¿Por qué ella seguía insistiendo?
—No parecía ser un simple impulso. Hablaba con demasiada calma —respondió Don Segundo con un suspiro—. Estos muchachos siempre se han amado de verdad. Si hubiéramos dejado que estuvieran juntos desde el principio, no habrían pasado por tantas cosas.
Al pensar en ello, Elvia sintió aún más arrepentimiento y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.
—Papá, mamá, ahora soy yo quien no la merece —Héctor seguía metidísimo en su papel—. Si vuelve, quiero que la echen.
—Ay, Héctor... —Elvia sentía tanto dolor que apenas podía hablar.
***
Al día siguiente.
Gilda apareció en la habitación de Héctor a la hora de las visitas.
Don Segundo y Elvia estaban preparándose para darle de comer.
El papel de Héctor para ese día era «la huelga de hambre».
—Abre la boca.
Por instinto, Héctor estuvo a punto de obedecer, pero la razón le dijo que no podía descubrirse.
Apretó los labios, fingiendo no escucharla.
—Héctor... —Gilda lo llamó de nuevo, tratando de mantener la paciencia.
—No quiero comer —respondió Héctor, incapaz de contenerse más—. Ya no somos nada, vete de aquí.
Gilda se quedó en silencio por unos segundos, luego se puso de pie y se inclinó lentamente sobre él.
Al no escuchar más movimientos, Héctor pensó que ella ya se había marchado.
Abrió los ojos con la intención de echar un vistazo furtivo.
Pero para su sorpresa...
Apenas levantó los párpados, se encontró con un rostro hermoso a centímetros del suyo.
Héctor se quedó en blanco. Y antes de que pudiera reaccionar, Gilda se inclinó y le dio un beso en los labios.
A Héctor le zumbó la cabeza. Todo su ser quedó paralizado por el asombro.

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