Entrar Via

Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1800

Don Segundo y Elvia también se quedaron congelados en su lugar, mirando la escena con desconcierto.

—¿Qué estás haciendo?

Cuando Héctor recuperó el juicio, logró abrir la boca a duras penas y preguntar con voz ronca.

Gilda no respondió, solo le dio otro beso.

Héctor se pasó la lengua por los labios. Le brillaban los ojos, era imposible ocultar la alegría que le inundaba el pecho.

¿Lo había besado ella por su propia cuenta?

¿Y dos veces?

No estaba soñando, ¿verdad? ¿Era una alucinación?

—¿Todavía quieres terminar conmigo? —Gilda le puso una mano sobre el corazón, hablándole con una dulzura inédita en ella—. ¿Aún quieres hacer huelga de hambre?

Héctor, sintiéndose literalmente en las nubes, negó con la cabeza instintivamente.

Gilda: —Abre la boca.

Héctor: «La abre en silencio.»

Gilda volvió a sentarse a su lado y empezó a darle de comer cucharada por cucharada.

—Ellos... —Elvia parpadeó, sin saber muy bien cómo reaccionar.

—Salgamos.

Don Segundo negó con la cabeza y le susurró a su esposa:

—Dejémoslos solos, que hablen tranquilos.

—Sí. —Al ver que Héctor al fin estaba comiendo, Elvia no puso más excusas.

Tenía un pánico terrible a que Héctor cayera en depresión y no lograra reponerse.

Pero viendo las cosas, la compañía de Gilda le haría mucho bien.

Tras su partida, la habitación se sumió en un profundo silencio.

Héctor se tomó media ración de sopa y, apoyado en la cama, miró a Gilda fijamente.

—¿Entiendes las implicaciones de lo que dices? —Héctor se puso muy serio—. Gilda, ahora soy un inválido. Aparte de ofrecerte un cuerpo inservible que no puede valerse por sí mismo, no tengo nada más que darte.

—¿Y luego? —Gilda se dio la vuelta para servir un vaso de agua, con un tono más plano que el de un lago sin viento.

—¿Queda alguna otra objeción?

Héctor se quedó mudo. Él solo estaba siguiendo el plan de Aldana para fingir.

Nunca imaginó que Gilda hubiera pensado en absolutamente todos los escenarios.

Sabía que lo quería, pero no imaginaba hasta qué punto.

—¿Esto es lástima? —Héctor frunció el ceño con tono sombrío—. Gilda, no necesito la compasión de nadie.

—Descuida, no voy a buscar la muerte, seguiré viviendo lo mejor que pueda.

—No te tengo lástima —dijo Gilda, y una suavidad inusual asomó a su rostro tranquilo—. Si quiero casarme contigo, es porque te amo.

Héctor la miró inmóvil, sintiendo una sacudida de sorpresa y una profunda conmoción.

—Si no tienes más dudas, me casaré contigo —Héctor tragó grueso, con la voz ronca—. Y cuando llegue el momento, más te vale no olvidar tu promesa.

***

Supuestamente, los resultados de los estudios tardarían dos días.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector