—Entendido.
Lourdes Yáñez agitó la mano, indicándole al gerente que se calmara, y dijo con voz neutra:
—Ve a atender a los demás clientes, yo me encargaré de esto.
El gerente estaba un poco asustado. Después de todo, este incidente había ocurrido bajo sus narices. Si no se manejaba bien, el casino estaría acabado.
—¿Acaso no escuchaste las órdenes de la señorita? —Los ojos oscuros y profundos de Darío Alzamora se clavaron en el gerente, con una expresión afilada.
—Sí, señor.
Dado que el señor Alzamora lo decía con tanta seguridad, debía tener la situación bajo control. El gerente no tuvo más remedio que retirarse.
—¿Qué pasa? ¿Te quedaste sin palabras? —Al ver que Lourdes se mantenía en silencio, el hombre de la cicatriz creyó que su truco había funcionado y se jactó con arrogancia—: Señorita Yáñez, hacer trampa es un tabú absoluto en cualquier casino. Si usted hace estas cosas, ¡¿quién va a atreverse a pisar el Casino Costa Oeste en el futuro?!
La multitud a su alrededor miraba fijamente a Lourdes, murmurando entre ellos.
—¿Cuál es la prisa?
Lourdes desvió la mirada, abrió el botiquín de primeros auxilios que estaba sobre la mesa y comenzó a curar la herida de Darío Alzamora.
—Hay muchos asuntos que resolver, así que iremos paso a paso.
—Señorita, hay sangre. Está sucio.
Darío le tomó la mano, frunciendo levemente el ceño.
—Deje que alguien más lo haga.
—Siéntate bien.
Lourdes lo fulminó con la mirada, lo obligó a sentarse y le limpió la herida con desinfectante.
El corte era bastante profundo. Quién sabía si le quedaría cicatriz.
Maldita sea.
Con un rostro tan apuesto, ¡qué lástima sería que le quedara una marca!
Cuanto más lo pensaba, más ganas le daban de hacerle un par de cortes nuevos en la cara al hombre de la cicatriz.
Después de vendarlo con cuidado, Lourdes se volvió hacia el hombre, con el rostro frío, y pronunció cada palabra con claridad:
—Esta carta y las que usamos en el Casino Costa Oeste, efectivamente, son idénticas por fuera.

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