Este chico, Darío, siempre había tenido un rostro impenetrable desde niño. A lo largo del año, se le veía sonreír muy raras veces.
Por eso, el día que volvieron del orfanato, el abuelo lo vio contento durante mucho tiempo, lo que hizo que la memoria se le grabara con fuerza.
—Ahí fue donde la conocí. —Al mencionar a Lourdes, la mirada y la voz de Darío se suavizaron inconscientemente.
En aquella época, sus padres acababan de discutir y su padre, de mal humor, lo había agarrado de costal de boxeo. Cuando su abuelo se enteró, lo llevó al orfanato para que se despejara.
Pero como él no estaba acostumbrado a ese tipo de bullicio, se escapó a un rincón, llorando en silencio.
Justo en ese momento, apareció una niña vestida con ropa raída y cubierta de raspones, pero con un rostro tan hermoso que parecía una muñequita.
Fue como si un ángel salido de un cuento de hadas se materializara ante él.
«¿Tú también eres nuevo? —le preguntó Lourdes, mirándolo con algo de timidez y en voz bajita—. ¿Estás llorando? ¿Tienes hambre? Mira, tengo un trozo de pan, te lo invito».
El panecillo ya tenía un mordisco. Ella planeaba guardar el resto para comerlo de noche si le daba hambre.
Darío no lo tomó. En su lugar, dio varios pasos hacia atrás y la miró con absoluta desconfianza y recelo.
Desde niño, con la única excepción de su abuelo, nadie lo trataba con consideración. Ni su padre, ni su madre, ni los sirvientes, ni las niñeras... nadie le daba valor.
En aquel entonces, estaba convencido de que, salvo su abuelo, el mundo entero estaba lleno de gente mala.
Al ver la reacción de Darío, Lourdes no se acercó más. Simplemente dejó el panecillo en el suelo y se alejó en silencio.
Más tarde, él se enteró de la verdad: Lourdes había llegado ese mismo día con el primer grupo de huérfanos ingresados al orfanato. Aris Guzmán había llegado con el segundo grupo.
Por lo tanto, el primero en conocer a Lourdes había sido él.
Después de eso, Darío comenzó a ir a escondidas al orfanato para verla, y les pedía a los trabajadores que le entregaran regalos de su parte. Sin embargo, al verla reír y jugar con Aris, los celos lo carcomían.
Él también quería jugar con ella.

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