—Así que, abuelo... —continuó Darío, levantando la mirada hacia Don Belisario para remarcar cada una de sus palabras—: no quiero perderla, y me aterra la sola idea de que suceda.
Ella se había convertido en el único pilar de su cordura. Si le pasaba algo, él tampoco tendría motivos para seguir viviendo.
Don Belisario abrió la boca, pero sintió un nudo en la garganta que no le permitió articular palabra.
Él sabía muy bien que el ambiente tóxico de su hogar había provocado que Darío creciera sintiéndose inferior, volviéndose retraído y casi fanático en sus obsesiones. Desde niño, había estado consciente de que su nieto no tenía una mente tan sana ni equilibrada como los demás.
Sin embargo, en los últimos años había notado una enorme mejoría, comenzando a experimentar las emociones normales de cualquier ser humano.
—Si las cosas son así, ¿por qué no eres claro con la muchacha? —le reprochó el abuelo con rostro severo—. Ve y dile que has hecho muchas cosas por ella, que llevas años enamorado.
—¿Y de qué serviría que lo sepa? —Darío negó con la cabeza y sonrió con amargura—. ¿Acaso puedo competir contra un muerto?
Además, era un hecho innegable que Aris Guzmán la había acompañado por muchísimo tiempo y había sacrificado su vida para salvarla.
Desde el fondo de su corazón, Darío le guardaba una profunda gratitud a Aris. Nunca había aspirado a borrar por completo el lugar que aquel chico ocupaba en el corazón de Lourdes.
Se conformaba con que ella le dejara aunque fuera un pequeño rincón para él.
—No sabía que habías salido todo un romántico empedernido —murmuró el anciano, esbozando una leve sonrisa—. Tienes mi toque de juventud.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Darío instintivamente.
—El corazón de tu abuela era más duro que el diamante. —Don Belisario suspiró con nostalgia, recordando las hazañas de sus tiempos de galán—. Tuve que arrodillarme frente a su puerta por tres días enteros para que me diera una oportunidad.
—¿Tres días? —Darío apretó los labios, sin poder creer que su abuelo hubiera soportado tanto sacrificio.
—Bueno, dije tres días, pero en realidad fueron un par de horas. —Don Belisario se rio con picardía—. Soborné a los que trabajaban para ella; en cuanto me avisaban que se asomaba a la ventana, ¡pum!, caía de rodillas.
Gracias a esa artimaña, habían logrado construir una hermosa historia de amor.
Era una verdadera lástima que, después, hubieran tenido un hijo tan detestable, que se casó con una nuera insoportable y le dieron un nieto mayor que era una completa decepción.
Pero menos mal que este muchacho, su nieto menor, no se había echado a perder. Físicamente e intelectualmente, era sobresaliente.

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