Darío Alzamora tampoco había intentado ocultarlo.
Cuando mandó a avisarle, dio su nombre explícitamente.
Su razonamiento principal era que Lourdes Yáñez era la dueña de un casino muy importante.
Demasiada gente la conocía.
Como últimamente había estado envuelta en varios escándalos, temía que, en un ambiente tan caótico como ese bar, alguien intentara hacerle daño.
El verdadero propósito de avisarle a Rogelio era, de hecho, conseguirle protección.
—¡Y todavía quiere ser el novio oficial! Por sobre mi cadáver lo voy a permitir.
Cansada de soltar quejas, Aldana se recostó contra el pecho de Rogelio y bostezó.
—Vámonos a casa ya. Este lugar es un escándalo insoportable.
Si no fuera por acompañar a su amiga, ni siquiera se habría molestado en salir.
¿Qué importaban un par de piernas largas o cuerpos marcados?
¡En casa ya tenía todo eso!
¡Y de mucha mejor calidad que los de afuera!
—De acuerdo.
Rogelio abrazó a su pequeña esposa y ordenó con voz grave:
—Conduce con cuidado.
—Sí, señor.
Eliseo asintió y cruzó una mirada rápida con Iván.
¿Acaso el jefe no venía a imponer su autoridad marital?
¿Bastaron un par de palabras dulces de la señora para que se volviera a derretir?
Iván le devolvió una mirada elocuente: «¿Es tu primer día trabajando para el jefe?»
Su jefe amaba tanto a su esposa que, si pudiera, hasta se cambiaría el apellido por el de ella.
***
Continente de Bravaria.
Residencia de Gobierno.
Darío Alzamora estaba de pie en el balcón, escuchando el reporte de sus subordinados en la capital.
—La Srta. Carrillo fue recogida por el Sr. Rogelio, y dejaron hombres protegiendo a la jefa.
—Bien.
Darío esbozó una leve sonrisa. Después de todo, el Sr. Rogelio era alguien en quien se podía confiar.
—Manténganse alejados de ella, que no los descubra. Si notan algo raro, avísenme de inmediato.
Tras dar las instrucciones, Darío colgó la llamada y se quedó mirando fijamente la foto en la pantalla de su teléfono.
En ese momento, llamaron a la puerta y se escuchó la voz de un hombre:
—Señorito Darío, ¿está usted ahí?
Darío abrió la puerta y miró inexpresivo a Anselmo, el mayordomo de Don Octavio.
—¿Pasa algo?
—Jo-joven Darío... —Anselmo tragó saliva, visiblemente nervioso, y habló con cautela—. Don Octavio se enteró de que usted volvió y quiere verlo.


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