—Cras…
Tras recortar la última hoja, Don Octavio examinó la planta con detenimiento.
Solo cuando estuvo seguro de que no había ninguna imperfección, le indicó a la empleada que se la llevara.
Incluso le dio instrucciones específicas: —Recuerda regarla y asegurarte de que reciba sol todos los días.
—Sí, señor.
Mientras una empleada se retiraba, otra se apresuró a ofrecerle una toalla húmeda.
—Don Octavio, para que se limpie las manos.
—Mjm.
Don Octavio tomó la toalla. Cada uno de sus movimientos destilaba el aura autoritaria de un líder.
A decir verdad, en su juventud, Don Octavio había sido un gobernante brillante, manteniendo a Bravaria en perfecto orden.
Pero con los años, se había vuelto cada vez más arrogante, testarudo y dictatorial.
Últimamente, hasta Don Belisario maldecía las decisiones que tomaba.
—Y la planta que está en la esquina derecha no debe recibir luz solar directa.
Se tomaba su tiempo para dar cada orden, pareciendo haber olvidado por completo que tenía un hijo esperando.
—Entendido, señor —anotó mentalmente la empleada.
—Pueden retirarse.
Tras limpiarse las manos, Don Octavio lanzó la toalla a la bandeja y, al fin, se giró con lentitud.
Darío no estaba parado en el centro de la sala.
Al notar que estaba sentado cómodamente en una silla lateral, Don Octavio frunció el ceño de inmediato.
—¿Acaso te di permiso para sentarte? —soltó con evidente disgusto.
—No. —Darío alzó un poco el rostro, devolviéndole una mirada fría, y respondió con total calma—: ¿Y eso qué?
—Cof, cof…
Don Octavio casi se ahoga ante la insolencia. El desagrado en sus ojos se hizo más profundo.
—Tanto tiempo sin verte y sigues igual de insoportable.
—Lo mismo digo.
Darío bloqueó su celular y tomó un racimo de uvas de la mesa, comenzando a pelarlas una por una.
—Tanto tiempo sin verte y sigues igual de detestable.
—¡Darío Alzamora!
El rostro de Don Octavio palideció de furia, los cabellos casi se le erizaron mientras rugía:

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