—Este mocoso…
Al ver la orgullosa espalda de Darío, Don Belisario esbozó una sonrisa de resignación.
—Ay, Don Belisario, con ese comentario sí que le dio justo en el corazón al Mandatario.
—Yo… —Don Belisario se quedó pasmado unos segundos, luego se rascó la cabeza y murmuró apenado—: Tienes razón. En un rato le pediré disculpas a ese muchacho.
Otros seis años… y sin conseguirla.
De verdad empezaba a dudar si alguna vez llegaría a tener bisnietos.
Mientras hablaban, vieron acercarse a Don Octavio acompañado de Camilo.
—Don Belisario, el primogénito está aquí —susurró Anselmo en tono de advertencia.
Al ver al par de familiares frente a él, la sonrisa del anciano se borró por completo y su rostro se tornó sombrío.
—Padre —saludó Octavio con respeto. Al notar que quien estaba a sus espaldas no abría la boca, giró la cabeza y le advirtió molesto—: Saluda.
Camilo tenía el rostro torcido; no tenía la menor intención de saludar.
Sabía perfectamente que, desde que eran niños, el favorito del abuelo siempre había sido Darío. Con él, el supuesto nieto mayor, nunca había tenido un trato amable. Peor aún, en su momento, casi lo mata a bastonazos.
Si el viejo lo detestaba, ¿qué necesidad tenía de andarle rogando afecto?
—Habla ya —le exigió Octavio con dureza.
—Abuelo —murmuró Camilo, a regañadientes y sin una sola gota de respeto en la voz.
—Basta —bufó Don Belisario con frialdad—. Si no quieres saludar, no lo hagas. No me pongas esa cara de muerto.
Camilo apretó la mandíbula y desvió la mirada.
—En todos estos años en el extranjero, Camilo se ha acordado mucho de usted, padre —intervino Octavio, tratando de suavizar el ambiente.
—¿Acordarse de mí? ¡Seguro rezaba para que me muriera de una vez! —lo desenmascaró el anciano sin piedad.
Octavio tragó saliva.
Camilo permaneció callado.
Darío se sentó junto al anciano y le acercó el cuenco.
—No me la voy a tomar —gruñó Don Belisario viendo el líquido oscuro y maloliente, haciendo una mueca de asco—. Llévate eso, apesta.
—¿No se la va a tomar? —Darío arrastró una silla, se sentó a su lado y lo miró fijamente, con el rostro inescrutable—. Si no se la toma, olvídese de salir de esta habitación hoy.
—¡Darío Alzamora, soy tu abuelo! —estalló el anciano, golpeando el piso con el bastón.
—Lo sé. —Darío sonrió de lado con una actitud relajada—. Y yo soy su nieto.
¿Acaso no era obvio que era su nieto? ¡Pero tenía más autoridad que él, que era el mayor!
—¡Darío! —El abuelo hizo un coraje, aunque en el fondo sabía que era inútil.
—Tómese la medicina.
Darío se cruzó de brazos, luciendo extremadamente relajado.
Si no conseguía lo que quería, no se iría.

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