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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1883

—¡Dame esa medicina!

Al ver que su resistencia era inútil, Don Belisario se dejó caer de nuevo en su asiento y masculló de mal humor:

—¡Mocoso insolente, ya verás!

—Aquí lo espero —sonrió Darío, recostándose en el sofá mientras observaba a su abuelo beberse el remedio.

Desde la puerta, Camilo observaba la escena consumido por la envidia.

Su abuelo casi nunca le dedicaba una sonrisa; con él siempre era sumamente estricto y frío. Pero con Darío era diferente. Con él siempre tenía una actitud cálida y complaciente.

No lo entendía.

Sus padres odiaban a Darío con toda el alma. Si ellos lo detestaban tanto, ¿por qué su abuelo no podía hacer lo mismo?

«Darío…»

Camilo lo fulminó con la mirada, esbozando una sonrisa espeluznante.

El tiempo de arrogancia que le quedaba estaba a punto de terminar.

***

El banquete de cumpleaños comenzó oficialmente.

Don Octavio se puso de pie frente a los invitados y empezó a soltar las típicas formalidades rimbombantes.

—Agradezco profundamente a todos por hacerse un espacio en sus apretadas agendas para asistir al banquete de la familia Alzamora. Como saben, hace algunos años mi hijo mayor sufrió problemas de salud y tuvo que irse al extranjero a recibir tratamiento. Ahora que se ha recuperado y ha vuelto al Continente de Bravaria, extrañaba mucho a todos sus conocidos. Adelante, Camilo, saluda a nuestros amigos y familiares.

Camilo dio un paso al frente y, con falsa modestia, hizo una reverencia.

Su objetivo era usurpar la posición de Darío y convertirse en el próximo Mandatario. Para lograrlo, necesitaba ganarse el favor de todos los presentes. Así que, por más que despreciara a esa gente, tenía que actuar y mantener las apariencias.

—Tantos años sin verlo, joven amo Camilo, y sigue tan distinguido como siempre.

«Lástima que estés lisiado», pensaron algunos.

—Estos años en el extranjero lo han hecho madurar bastante.

«Seguro se la pasó de fiesta, se ve muy demacrado».

—El regreso del joven amo Camilo será, sin duda, un gran apoyo para la familia Alzamora.

«…»

Los invitados eran más astutos que los zorros; todos conocían los verdaderos escándalos de la familia. Sin embargo, no era su problema. Aunque Octavio ya no estuviera en el poder, seguía siendo el antiguo gobernante y conservaba influencia.

—¡Mandatario!

Los presentes bajaron la cabeza de inmediato, saludando con sumo respeto.

—Mjm.

Darío asintió con frialdad. En su camino, tomó una copa de vino tinto y, agitándola con parsimonia, se abrió paso hasta el centro del salón. La multitud retrocedió rápidamente para dejarle espacio.

El único que se quedó plantado en medio del camino, inamovible, fue Camilo.

Darío no dijo nada, pero Zenón Tejeda, su asistente de confianza, intervino de inmediato:

—Joven amo Camilo, este es el lugar del Mandatario. Me temo que su estatus no le permite estar aquí.

En Bravaria, las jerarquías sociales eran inquebrantables. En un evento de esta magnitud, solo los gobernantes pasados y el actual tenían derecho a hablar desde el centro del escenario.

—¿Y tú quién te crees que eres? ¿Acaso te dieron permiso para hablar? —le espetó Camilo, fulminándolo con la mirada.

—¿Y tú qué te crees que eres?

Darío le dio un sorbo a su vino, le entregó la copa a Zenón y dio dos pasos hasta quedar cara a cara con Camilo. Sus ojos oscuros destilaban un aura peligrosa.

—¿Acaso tienes tú el derecho de hablar aquí?

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