¿Le duele el estómago?
Al escuchar eso, los nervios de Darío se tensaron al máximo.
Se orilló de inmediato, se quitó el cinturón y se inclinó hacia ella.
—¿Dónde exactamente? ¿Aquí? ¿O aquí?
Presionaba suavemente distintas zonas de su abdomen mientras le preguntaba con paciencia.
Había estudiado algo de medicina por su cuenta, justo para emergencias como esta.
—No exageres, es que tomé mucho café frío —murmuró Lourdes, haciendo una mueca.
Darío sintió una punzada de enojo y preocupación al mismo tiempo. Como ella sufría del estómago, rara vez le permitía beber café helado.
¡Y con el frío que hacía esa mañana, ella se había atrevido a tomarlo a escondidas!
—Toma un poco de agua tibia.
Darío abrió su termo y se lo acercó a los labios.
Lourdes tomó un par de sorbos y sintió un gran alivio.
—¿Quieres que vayamos al hospital?
—No hace falta. —Lourdes miró por la ventana el cielo anocheciendo—. Mejor regresemos a Bravaria.
Al notar que el color volvía a su rostro, Darío no insistió.
Pero los problemas gástricos podían ser engañosos.
En cuanto llegaran, tendría que buscarle a un buen doctor para que le diera un tratamiento adecuado.
***
Bravaria.
Llegaron a la mansión a las once de la noche.
Lourdes estaba muerta de sueño, y con esos tacones, apenas y podía mantenerse en pie.
Había dormido en el avión y también en el trayecto en auto.
¿Por qué andaba tan adormilada últimamente?
Darío pasó su bolso de la mano derecha a la izquierda, se inclinó y la cargó en brazos.
Lourdes parpadeó un par de segundos, algo confundida; pero, al ver el rostro del hombre, volvió a cerrar los ojos con confianza.
Cuando despertó, ya eran las tres de la madrugada.
Sentía la garganta reseca, así que intentó levantarse para buscar agua.
—Cuidado.
La voz de Darío sonó en la oscuridad, y al instante, le acercaron un vaso de agua tibia con limón a los labios.
Lourdes dio varios tragos grandes.
Como aún tenía sed, preguntó con voz adormilada:
—¿Hay más?
—Un segundo.
Darío fue rápido a la cocina y le trajo medio vaso más.
Además, trajo algunos de sus bocadillos favoritos.
Darío la abrazó, pegando su pecho a la espalda de la chica, dejando que su nariz se impregnara de su aroma.
Un aroma que lo volvía loco y del cual no podía escapar.
***
A la mañana siguiente.
Cuando Lourdes despertó, la mesa ya estaba repleta de comida exquisita.
Aunque los platos que preparaban en la casa de Aldi y de Gilda eran deliciosos, ella ya se había malacostumbrado a la sazón de Darío.
—Después de comer, acompáñame al casino —le indicó, viéndolo al otro lado de la mesa.
—Como ordene.
Darío le sirvió sopa y le peló unos camarones, atendiéndola con una devoción impecable.
Lourdes estuvo a punto de decirle que se detuviera.
Le daba pavor acostumbrarse a que la trataran tan bien.
Cuando Darío se marchara, ningún otro asistente lograría complacerla.
Pero las palabras se le atoraron en la boca.
Qué más daba.
¿Cuántas veces más iba a tener la oportunidad de dejar que él la consintiera?
Solo le quedaban un par de semanas con él, así que disfrutaría mientras pudiera.
Siguieron desayunando.

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