Tres días después.
Lourdes recibió una llamada de Gilda y se dirigió de inmediato a la boutique a probarse el vestido.
Casualmente, Sombra también estaba allí. Al ver a Darío, soltó un silbido burlón.
Las veces anteriores no se había fijado bien en él.
Pero ahora que lo veía de cerca… había que admitir que su amiga se estaba dando un buen banquete.
—¿Qué tanto ves? —Leonardo le dio un pequeño pellizco en la cintura a su esposa—. ¿Acaso tu marido está pintado en la pared?
—¡Claro que no!
Sombra apartó la mirada al instante y cambió de expresión como por arte de magia.
—¡Mi marido es mi cielo, mi tierra y mi cosita preciosa!
Tras endulzarle el oído, le hizo un corazón con las manos.
Ante eso, por muy celoso que estuviera Leonardo, toda su molestia se evaporó en un segundo.
No tenía remedio contra ella.
—Siéntate aquí y compórtate. Nada de andar mirando a otros —le dijo Leonardo mientras la ayudaba a tomar asiento.
—Sí, sí, sí.
Sombra hizo un puchero, pero obedeció y se quedó tranquila a su lado.
En ese momento.
Lourdes, ya con el vestido puesto, salió del probador.
Darío se quedó clavado en su lugar, fascinado por la visión de Lourdes envuelta en ese hermoso vestido rosado, luciendo deslumbrante y encantadora.
Si como dama de honor se veía así de divina… ¿cómo se vería vestida de novia?
Su Lourdes sería, sin duda, la novia más hermosa del universo.
—¿Qué les parece? —Lourdes dio una vuelta, haciendo girar la falda.
—¡Te ves preciosa!
Antes de que nadie más pudiera opinar, Darío fue el primero en hablar.
Lourdes se quedó muda.
Los demás, también.
—Tú no hables —le ordenó ella.
A los ojos de ese hombre, ella era una diosa celestial; aunque se pusiera un saco de papas, él diría que se veía deslumbrante.
—Entendido.
Aunque durante esos días con ellas siempre la veían riendo y bromeando, había una especie de melancolía imborrable en su mirada.
Pero en el instante en que estaba junto a Darío, su felicidad era pura.
—Ah, así que no soy la única que lo pensó —suspiró Sombra—. Nuestra amiga sufre por amor y ni cuenta se da. Ojalá que esto no acabe lastimándola más.
—Es un tema del corazón. Tendrá que superarlo sola.
Un amor nuevo contra un amor del pasado…
Era una decisión difícil de tomar.
***
En el auto.
Lourdes iba en el asiento del copiloto. A medida que el vehículo aceleraba, ella comenzó a fruncir el ceño cada vez más.
—¿Qué ocurre? —Darío lo notó de inmediato y le preguntó, preocupado.
Lourdes trató de ocultar su malestar y murmuró:
—Me duele un poco el estómago.
Para evitar los sermones de Darío, se había tomado su café frío demasiado rápido.
Y ahora sentía náuseas.

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