Justo cuando el gerente se disponía a revisar las grabaciones, una voz clara y femenina resonó.
—¿Para qué gastar tiempo y dinero cerrando la tienda para revisar cámaras? —Aldana volvió a sentarse en el sofá, cruzando perezosamente sus largas piernas y levantando la vista con indiferencia—. La respuesta ya está en internet, ¿no?
¿En internet?
Jenny se quedó perpleja por unos segundos y, confundida, abrió Instagram. Apenas entró, casi se queda ciega por el icono rojo con “99+” en la esquina inferior derecha.
¿Qué demonios?
La cuenta oficial de la marca la manejaba ella personalmente. No le gustaba mucho el marketing, así que la cuenta oficial normalmente solo publicaba anuncios y no era muy activa. Jenny hizo clic en el “99+” y descubrió que eran puras menciones de usuarios.
[Usuario 1: ¡Jefa, venga a ver! Fue Lucrecia la que ensució la ropa.]
[Usuario 2: Qué descarada esa mujer. Ensució la ropa y, por miedo a pagar, le echa la culpa a la empleada.]
[Usuario 3: Guardé una captura del video donde Lucrecia ensucia la ropa. Está en mi perfil, vayan a verlo.]
[Usuario 4: ¿Alguien buena onda que haya grabado todo el directo?]
[Usuario 5: ¡Noticia de última hora! Alguien descubrió la cuenta del directo, es una cuenta secundaria de Lucrecia.]
[Usuario 6: Dios mío, ¿qué es este circo? ¿No será que quería que los internautas vieran a Aldana siendo echada por no poder pagar y terminó grabando por error su propia fechoría?]
[Usuario 7: El de arriba dio en el clavo...]
Jenny entró al perfil del usuario 3 y, efectivamente, allí estaba el video. En la imagen, se veía a Lucrecia temblar, provocando que el maquillaje líquido se derramara sobre la prenda, extendiéndose y manchando una gran parte de la tela.

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