Lucrecia mantenía la cabeza gacha, sin decir una palabra.
—Señorita Mendes, solo le daremos diez minutos.
Al ver que Lucrecia se negaba a hablar, el gerente, lleno de resentimiento, dijo sin contemplaciones: —Si no paga, tendremos que llamar a la policía.
Si no fuera porque Lucrecia avivó el fuego, él no le habría faltado el respeto a la señorita Carrillo.
Después de que Jenny se encargara de ella, el siguiente sería él.
No sabía si podría conservar su trabajo.
Definitivamente tenía que desquitarse.
—No, no llamen a la policía.
Al escuchar las palabras del gerente, Lucrecia palideció de miedo y preguntó en voz baja: —¿Puedo hacer una llamada?
El círculo social de la capital era pequeño. Si terminaba en la comisaría y las demás chicas de la alta sociedad se enteraban… Jamás podría volver a levantar cabeza en su vida.
Dicho esto, Lucrecia tomó su teléfono y marcó el número de su madre.
El contestador indicó: apagado.
Cambió de número y llamó a su padre.
El mismo mensaje: apagado.
Fue entonces cuando Lucrecia recordó que, por haber ofendido a Carmina la última vez, la colaboración con la familia Mendes había sido cancelada.
Sus padres llevaban dos días moviendo cielo y tierra, tratando de restablecer la cooperación.
A esa hora, probablemente estarían en la residencia de la familia Zamora, suplicando y disculpándose como si no hubiera un mañana.
Además, este asunto ya estaba en internet, y quién sabe cómo se habría viralizado. Si sus padres se enteraban, probablemente se morirían del coraje.
Lucrecia intentó llamar varias veces más, pero todas terminaron en fracaso.
—Señorita Mendes, le quedan cinco minutos —le recordó el gerente con voz fría, mirando su reloj.
En ese momento, Lucrecia se sentía como si la estuvieran asando a fuego lento, un sufrimiento insoportable.
—Silvi…
Tras dudar unos segundos, no tuvo más remedio que dirigir una mirada suplicante a Silvino, que permanecía en silencio.
Jenny inmediatamente ordenó a una empleada que sacara su teléfono y apuntara a Lucrecia y Silvino.
¿Se atrevían a molestar a su maestra? ¿A desear a su maestra?
Merecían una buena lección.
Cuando la cámara se giró bruscamente hacia ella, Lucrecia agachó la cabeza, aterrada, deseando que la tierra se la tragara.
Silvino, que originalmente había pensado en desentenderse del asunto, ahora estaba expuesto ante la cámara, atrapado entre la espada y la pared.
Si abandonaba a Lucrecia, su reputación quedaría por los suelos. Peor aún, podría manchar el nombre de la familia Targo. Su padre ya lo despreciaba por ser un hijo ilegítimo; si se sumaba otro escándalo, su aversión solo aumentaría.
Pero si pagaba… Un millón era una suma considerable, y gastarla en Lucrecia le dolía en el alma.
—Les quedan dos minutos, ¿eh?
Jenny se sentó junto a Aldana, observando con interés las caras desencajadas de la pareja. —Cuando se acabe el tiempo, tendrán que hablarlo con la policía.
Dicho esto, Jenny miró a la chica a su lado, que jugaba en su teléfono, y sonrió con picardía. —¿Estás contenta, maestra?
Aldana le dedicó una mirada de reojo y esbozó una leve sonrisa. —¿Si enfocaras esa astucia en tus diseños, crees que te seguiría regañando?

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