En el silencio de la oficina, Lourdes lo dudó un buen rato, pero al final intentó llamar a Darío.
El teléfono mandaba a buzón.
Al no poder comunicarse con él, no le quedó más remedio que ordenarles a los investigadores del casino que rastrearan su paradero.
Y tal como esperaba, Darío se había mudado. Ni él ni su abuela habían dejado rastro de a dónde habían ido.
«¡Qué estrés!».
Lourdes empezaba a preocuparse. ¡Debió haberlo sacado de Bravaria personalmente desde un principio!
«¿Qué voy a hacer si le pasa algo?».
***
Lourdes, sumida en esos pensamientos, se quedó profundamente dormida.
Entre sueños, sintió que le ponían algo encima y abrió los ojos de golpe.
Acababa de tener una pesadilla espantosa: soñó que los enemigos del casino perseguían a Darío y lo dejaban cubierto de sangre.
—Señorita Yáñez, soy yo. —Don Eu estaba agachado junto a ella, sosteniendo una manta—. Vine a traerle su almuerzo y vi que se había quedado dormida.
—No quería que agarrara un resfriado, por eso iba a cubrirla. Disculpe si la asusté.
—No te preocupes.
Lourdes frunció el ceño e, instintivamente, se alejó del tacto de Don Eu. Luego le habló con tono severo: —En el futuro, no entres a mi oficina sin mi permiso.
—Como usted diga.
Don Eu no se molestó. Simplemente señaló la elegante comida que había traído y, con un tono amable, casi paternal, añadió: —Su almuerzo está listo. Preparé todo lo que a usted le gusta.
Lourdes echó un vistazo y comprobó que, efectivamente, la comida estaba hecha a su gusto.
Se parecía muchísimo a lo que solía prepararle Darío.
—¿Darío Alzamora también te enseñó a cocinar? —Lourdes probó un bocado de las albóndigas y frunció ligeramente el ceño.
Estaban un poco saladas.
Si las hubiera hecho Darío, jamás habrían quedado así.
—Me enseñó, sí. Pero sigo aprendiendo, así que el sabor aún no es idéntico.
Don Eu se quedó de pie a su lado y dijo con humildad: —Espero que me disculpe por la falla, señorita Yáñez.
—Está bien.
Lourdes tomó un bocado de otro plato: verduras salteadas.
Ese le había quedado bastante bien. Era casi igual al de Darío.
—¿Cuánto dinero te dio Darío para que hicieras todo esto por él?

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