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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1937

—¡Gracias!

Darío no podía dejar de sonreír; la felicidad le iluminaba la mirada.

Aunque aún no tuviera el título oficial de pareja, el hecho de que Lourdi hubiera decidido tener al bebé era la mayor prueba de que lo amaba.

Tarde o temprano...

él volvería a su lado, de frente y sin esconderse.

Él sería el papá de ese bebé.

Y sería el esposo de Lourdi.

***

Al atardecer, Don Eu la esperaba junto al auto para llevarla a casa.

Poco después, Lourdes salió del casino, con su bolso en mano.

Llevaba un vestido tejido que le llegaba a la rodilla y un abrigo de cachemira color claro por encima.

Y en sus pies, unos zapatos planos. Al caminar, lo hacía con muchísimo cuidado.

—Señorita Yáñez. —Don Eu le abrió la puerta, sin poder quitarle los ojos de encima.

—Gracias.

Lourdes no le prestó mucha atención. Simplemente se acomodó el abrigo al subir.

Y, al hacerlo, dejó ver por un instante su abultado vientre.

Los ojos de Don Eu se oscurecieron de asombro. «¿Ya se le nota tanto?».

Al recordar que la última vez que le vio la barriga pensó que había subido de peso, Darío sintió ganas de agarrarse a bofetadas.

¡Debió haberse dado cuenta mucho antes!

En el camino de regreso, Lourdes iba acurrucada en el asiento trasero, jugando con su teléfono de manera perezosa.

Como creía que el chofer no la veía, de vez en cuando se acariciaba el vientre.

Darío la veía por el retrovisor y una sonrisa inmensa, llena de ternura, se dibujaba en su rostro.

—Pasa por mí el lunes a las diez de la mañana.

Al bajarse del auto, Lourdes le dijo sin mucho interés: —Has trabajado duro estos días. Tómate el fin de semana para descansar.

—Se lo agradezco, señorita Yáñez. —Don Eu agachó la cabeza, adoptando su papel de subordinado servil—. Mandaré que le entreguen sus tres comidas a la misma hora de siempre.

—No hace falta...

—No hay problema, el señor Alzamora dejó eso pagado. —Don Eu la miró y añadió con voz suave—: El señor Alzamora de verdad es un gran hombre.

Lourdes apretó los labios, prefirió no decir nada y se metió a su casa.

«¿Un gran hombre?».

«Será un desgraciado manipulador».

Ya se había largado, pero seguía armando revuelo en su vida.

Cada vez que estaba a punto de sacárselo de la cabeza, alguien llegaba y lo mencionaba.

Darío no apartó la vista hasta que Lourdes desapareció detrás de la puerta.

En ese momento exacto, Zenón Tejeda le marcó.

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