Hasta el mismísimo Camilo, que juraba no temerle a nada, retrocedió aterrorizado.
Ese tono lo hizo recordar aquella vez en la que lo secuestró y Darío casi lo mata a golpes.
Se le erizó la piel.
Además, todos los sirvientes estaban confundidos.
«¿Qué se traían el Mandatario y el joven amo Camilo?».
«¿Quién es la mujercita?».
«¿Por qué reaccionó tan mal cuando la mencionaron?».
«¿Quién es ella?».
«¿Será la novia del Mandatario?».
«Pero si él no sentía atracción por nadie, o sí?».
Toda la habitación quedó sumida en un silencio de tumba. Nadie se atrevía a respirar; todos observaban a Darío con miedo, rogando que no cometiera una locura.
—¡El señor Belisario llegó!
Justo cuando la tensión estaba al límite, Don Belisario Alzamora cruzó la puerta principal con el rostro adusto. —¿Qué demonios están armando ahora?
—Es un malentendido, padre.
Don Octavio jaló rápidamente a Camilo hacia él, soltando un suspiro de alivio: —Darío, quédate a platicar con tu abuelo. Yo tengo asuntos pendientes y debo retirarme.
Dicho esto, se apresuró a salir, llevándose a Camilo a rastras.
Camilo apretaba los puños, furioso. Pero sabía que, en ese momento, seguir provocando a Darío era firmar su sentencia de muerte.
Cuando a ese loco se le cruzaban los cables, era imparable.
Don Belisario soltó un suspiro, se acercó a Darío y le dijo con suavidad: —Vamos, muchacho. Acompáñame un rato.
—Sí, abuelo.
Al ver la mirada genuinamente preocupada del anciano, Darío guardó las garras y asintió.
***
Por otro lado, en cuanto Camilo llegó a su habitación, el médico de la casa comenzó a aplicarle ungüento en los moretones del cuello.
Don Octavio se sentó frente a él y preguntó en voz baja: —¿A qué punto débil te referías allá abajo? ¿Por qué se puso así de histérico?
Camilo, con el rostro desfigurado por el odio, apretó los dientes y soltó: —¡Darío tiene una mujer a escondidas!
—¿Una mujer?
Don Octavio no podía creerlo: —¿No que a ese infeliz no le interesaban esas cosas?


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