—No, en serio, hermano. ¿De verdad no vas a intentar convencerme?
Héctor se rascó la cabeza, que parecía un nido de pájaros, y preguntó con recelo.
—¿Convencerte de qué?
Rogelio cortó la manzana en pedazos pequeños, los acomodó cuidadosamente en un plato e insertó unos adorables tenedores.
—¿De que se divorcien?
—¡¿Di... Divorciarnos?! —El rostro de Héctor cambió de un rojo furioso a un blanco espectral y la lengua se le trabó—. ¡¿Cómo voy a divorciarme?! ¡En esta vida jamás me divorciaré!
—Entonces, ¿para qué huiste de tu casa?
Rogelio suspiró con fastidio, mientras picaba otras frutas.
—¿Viniste a quejarte?
Héctor abrió la boca, pero no supo qué responder. Estaba claro que su hermano mayor había dado en el clavo.
Sí.
Precisamente había venido a quejarse.
En toda la familia, la única persona capaz de someter y poner en su lugar a Gilda era su cuñada.
—¿Dónde está mi cuñada?
Héctor miró a su alrededor, buscando a Aldana.
—Baja la voz. Si la despiertas, lo pagarás muy caro —lo regañó Rogelio con una mirada letal.
Apenas terminó de hablar.
Héctor se puso de pie de un salto y saludó con profundo respeto:
—¡Cuñada!
Rogelio giró la cabeza y se encontró con el rostro adormilado de Aldana.
De inmediato dejó las frutas, tomó una chaqueta del perchero, se la lanzó a Héctor y le ordenó con voz fría:
—Póntela.
—¡Oye!
Al caerle la ropa directamente en la cara, Héctor casi se va de espaldas.
—Escuché que te peleaste con mi cuarta hermana y te fuiste de la casa.
Aldana se ajustó el chal, caminó hacia el sofá, cruzó las piernas con elegancia, tomó un trozo de fruta y clavó sus afilados ojos en Héctor con total apatía.
—Ah.
Héctor se sentó rápidamente, con las rodillas juntas, intimidado como un niño de primaria.
—Hace un par de días que no te veo y tus agallas han crecido bastante.

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