Héctor se quedó parado en la puerta, dudando si salir o no.
—Mejor espérala sentadito —le ordenó Aldana, alzando un poco la barbilla—. Es muy tarde, no la hagas dar vueltas en el auto buscándote.
Al ver que él no respondía, Aldana continuó:
—Si hay problemas, se solucionan. Si te escondes y la evitas... conociendo a Gilda, si no puede solucionar el problema, solucionará a la persona.
¿Solucionar a la persona?
¿Iba a pedirle el divorcio?
Al escuchar eso, Héctor sintió que se le iba el aire y casi se desmaya ahí mismo.
Volvió al sofá como un niño regañado, esperando con ansias la llegada de Gilda.
Media hora después.
Gilda apareció en la casa de Aldana con las llaves del auto en la mano.
Llevaba ropa toda negra: una camiseta de manga corta sencilla, pantalones ajustados y botas de combate.
Llevaba el cabello suelto sobre los hombros y una gorra de béisbol.
Se veía dinámica y atractiva.
—Aldana.
Gilda se quitó la gorra y clavó la mirada en el sofá, frunciendo levemente el ceño.
De verdad estaba ahí.
Cuando ella llegó a su casa y no encontró a nadie, casi creyó que se había equivocado de puerta.
—¿Ya cenaste? —le preguntó Aldana en voz baja, al verla tan cansada.
—Aún no.
Gilda se puso unas pantuflas. En su rostro se notaba un evidente agotamiento.
Últimamente estaban organizando un torneo en el gimnasio y tenía demasiadas cosas pendientes.
Como tenía prisa por llegar a casa, ni siquiera se tomó el tiempo de comer.
—¿No has comido?
¡A estas horas de la noche, ¿cómo era posible que no hubiera comido nada?!
Al escuchar eso, Héctor, que estaba sentado en el sofá haciéndose el duro, se levantó de inmediato y fue a la cocina.
A Gilda le gustaba cenar ligero, así que Héctor le preparó una sopita casera y le frio un huevo.
Cuando llevó el tazón a la sala, Gilda estaba sentada en el sofá platicando con Aldana. Su semblante no era el mejor.
«Seguro mi cuñada no estuvo hablando mal de mí, ¿verdad?», pensó Héctor.
Sin tiempo para preocuparse por nada más, le puso el plato enfrente.
—Come algo primero.

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