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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 2063

Héctor estaba de espaldas a ella. El sonido del agua corriendo por el fregadero casi ahoga su disculpa.

Gilda frunció el ceño.

—¿Perdón por qué?

—No debí meterme en tu trabajo —respondió Héctor con el ceño fruncido—. Tampoco usé el tono adecuado, te hice sentir mal. Te prometo que intentaré cambiarlo.

Gilda lo escuchaba y sentía un nudo en el estómago.

En realidad, la culpa también era de ella.

Tras escuchar el comentario de Aldana, se puso a analizar la situación.

Era cierto que había ignorado los sentimientos de Héctor.

Estaban casados, eran marido y mujer, ya no era una relación de jefa y empleado.

Estaba tan concentrada en el trabajo que, aparte de Héctor, ningún otro hombre pasaba por su mente, y mucho menos se daba cuenta de las intenciones de los demás.

—Hoy fue una excepción —murmuró Héctor, como hablando consigo mismo—. Te juro que no volveré a escaparme así.

Si no se hubiera ido hoy, Gilda habría encontrado una cena caliente esperándola al llegar a casa.

—Yo...

Mientras hablaba, Gilda lo abrazó por la cintura. Apoyó la mejilla con fuerza contra su espalda.

—Perdón —dijo Gilda, con su voz clara resonando en la cocina—. No debí ser tan dura contigo en la mañana.

Héctor rara vez veía a Gilda tomar una iniciativa tan dulce. El plato que lavaba se le resbaló de las manos.

Se dio la vuelta lentamente, mirándola con incredulidad.

—¿Me estás pidiendo perdón?

—Sí —respondió Gilda, alzando la barbilla y mirándolo con total seriedad—. Nunca antes había tenido una relación. Eres mi primer novio y mi esposo.

—En cuestiones de amor, es cierto que no soy tan experta como otras personas.

—Pero tú sabes que te amo. Siempre te amaré, y solo a ti.

—Mi vida...

Héctor frunció el ceño con ternura, la estrechó entre sus brazos y soltó una enorme sonrisa.

—Te prometo que no volveré a tener celos tontos ni a imaginarme cosas raras.

Esa declaración era más que suficiente para él.

—Mmm. —Gilda se acurrucó en su pecho, sintiendo una paz inmensa—. Vámonos a casa, Héctor.

De ahora en adelante, dejaría que los entrenadores hombres se encargaran de los alumnos masculinos, y ella se enfocaría en las mujeres.

Todo sea por mantener tranquilo a su esposo celoso.

—Claro que sí, mi amor. —Héctor le dio un beso en la mejilla, radiante de felicidad.

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