Aldana sintió que la cabeza le iba a estallar al ver la larga lista de nombres que seguía.
Dos hermanos, cuatro hermanas…
¿Acaso quería que le buscara más gente y le armara un equipo de fútbol?
Aldana: [¿Quién es el cliente?]
Syndicate Zero: [El campeón de la F1 de los últimos tres años: Wilfredo.]
¿Wilfredo?
¿No era ese el extranjero de pacotilla que la había menospreciado en el campo de entrenamiento?
¿Y ahora le pagaba una fortuna para que lo ayudara?
¿Qué pasaba? ¿Tanto miedo tenía de que ella compitiera y le arrebatara el campeonato?
A veces… Para ganar un campeonato, no era necesario competir personalmente.
Syndicate Zero: [Jefa, ¿lo aceptas? El cliente agregó después que puedes empezar por la hermana menor.]
Aldana: [No lo acepto.]
Así de simple.
Ella aceptaba trabajos según su estado de ánimo. Si estaba de buenas, podía resolverle el problema a una persona común y corriente sin cobrarle un centavo.
Si estaba de malas… Ahora mismo estaba de malas.
Ese falso extranjero le caía muy mal.
Syndicate Zero: [Jefa, si no lo aceptamos, es probable que se lo ofrezcan al grupo de hackers de la Alianza del Cracker.]
¿Dejar que sus archienemigos se llevaran el dinero?
¡Eso no iba con el estilo de su jefa!
Aldana esbozó una sonrisa y respondió con confianza: [Con el asunto del equipo de fútbol tendrán bastante en qué ocuparse. Si quieren tomarlo, que lo tomen. En cuanto a J Piloto…]
Tras unos segundos de silencio, Aldana tecleó lentamente: [Si la Alianza del Cracker logra encontrarlo, le llamaré «jefe» a su líder.]
Los miembros de Syndicate Zero se rascaron la cabeza, completamente confundidos.
Para la Alianza del Cracker, encontrar a J Piloto debería ser bastante fácil, ¿no?
¿Por qué la jefa estaba tan segura?
—
Luminara.
Sentada en la mesa del comedor, Aldana revisaba seriamente los resultados de las carreras de F1 de los últimos años.
Desde que se había retirado, no le había prestado más atención a esas cosas.
Cuanto más leía, peor se ponía su cara.
En su momento, ella había ganado tres años consecutivos y donado todo el dinero de los premios para apoyar el automovilismo de su país.
Aunque su chica era increíble, llevaba tres años sin tocar un auto de carreras. Nadie podía garantizar que no ocurriera ningún problema.
Pero, por suerte… El que iba a competir era Héctor, no ella.
Por supuesto que estaba feliz.
Aldana apretó los labios y no dijo nada.
Rogelio había adivinado sus intenciones.
Hoy había acompañado a Héctor a dar una vuelta específicamente para evaluar su habilidad.
Si podía entrar entre los cinco primeros, lo dejaría competir.
Si no… Aunque le había prometido a su abuelo que nunca más volvería a tocar un auto de carreras…
Tampoco podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo el automovilismo de su país se iba a la ruina.
—Oh.
Aldana tomó su jugo y bebió un sorbo, como si lo estuviera admitiendo.
Silencio por unos segundos.
Al no oír a Rogelio decir nada más, la chica levantó la barbilla, su voz era clara y fría: —¿No tienes nada que preguntarme?
—Sí, tengo algo que decir.
Rogelio tomó una servilleta y le limpió suavemente la comisura de los labios, su voz era magnética y tierna. —Pero es sobre otro asunto.

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