En la cocina.
Casiana dio vueltas y vueltas buscando, pero no lograba encontrar la medicina que le había encargado su abuela.
Justo cuando empezaba a extrañarse, sintió que un pecho firme y ardiente se pegaba contra su espalda.
—La abuela dice que se confundió. Que la medicina la están preparando en la cocina principal y que ya mandó a alguien a recogerla.
—¿Ah?
Casiana volteó y terminó cara a cara con Félix.
Estaban frente a frente, tan cerca que podían sentir el calor del otro.
Incómoda, Casiana intentó hacerse hacia atrás por puro instinto, pero se topó con la pared.
El hombre que tenía enfrente no hizo el más mínimo intento por retroceder; simplemente bajó la mirada, devorándola con los ojos.
—¿Se confundió? —Casiana enarcó una ceja, sin entender—. ¿Desde cuándo le falla tanto la memoria a la abuela?
—Un poco, sí.
Félix asintió. Con los ojos pegados a ella, murmuró con voz ronca:
—Casiana.
—¿Sí?
No esperaba que él la llamara de repente. El corazón le dio un vuelco mientras lo miraba hacia arriba.
—Creo que tengo fiebre —Félix tomó la mano de Casiana y la puso contra su propia mejilla. Su voz era áspera, pero tenía un tono irresistiblemente magnético—. Toca, estoy ardiendo.
—De verdad.
El intenso calor hizo que Casiana se estremeciera levemente. Una profunda preocupación invadió su pecho.
—¿No será porque caíste a la piscina hace un rato y agarraste frío?
Al regresar a la mansión de la familia Hidalgo, ella había tomado el té de jengibre para calentarse, pero él no había tomado nada.
—Es probable.
Félix tosió un par de veces, fingiendo debilidad. Se dejó caer pesadamente contra ella y murmuró sin fuerzas:
—Tengo la cabeza pesada, me duele mucho.
—Entonces vámonos a casa.
Casiana tuvo que hacer un esfuerzo monumental para sostenerlo, ayudándolo a caminar hacia la salida.
De paso, se despidieron de Doña Inés.
—¿Ah?
Doña Inés seguía sumida en sus hermosas fantasías sobre cargar a un bisnieto cuando vio aparecer a un Félix que "casi no podía mantenerse en pie". Una comisura de sus labios tembló con incredulidad.
Si hace un momento estaba perfecto, ¿cómo era posible que se enfermara apenas dio la vuelta?
Ja.
Este muchacho de verdad estaba desesperado para inventarse semejante truco barato.
—Está bien, llévalo a casa rápido para que descanse —Doña Inés agitó la mano y no perdió la oportunidad de recordarle—: Casiana, asegúrate de cuidar muy bien a Félix.

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