—¿Falsos?
Brunilda bajó la vista hacia los chocolates. Aunque no tenían un envoltorio elaborado, la textura de la caja y el aroma del chocolate le resultaban muy familiares.
Llevaba muchos años comiendo esta marca de chocolates, no podía equivocarse.
—Señorita Cárdenas, debe de haber un malentendido —dijo Brunilda, con los labios rojos crispados en una sonrisa cortés—. Aquí no hay imitaciones. Gracias por tu preocupación, pero por favor, ve a tomar algo y descansa.
Kiara se quedó helada.
¿La señora Brunilda no se había dado cuenta o estaba tratando de encubrir a Aldana?
—Solo me preocupaba por su salud —dijo Kiara, dejando los chocolates que tenía en la mano y añadiendo con retintín—: Pero bueno, usted sabrá lo que hace.
Con esta frase, estaba claramente echándole la culpa a Aldana.
Diciéndoles a todos que los chocolates que ella había regalado eran falsos.
—Señorita Cárdenas…
Al darse cuenta de las intenciones de Kiara, el buen humor de Brunilda se desvaneció al instante y su rostro se ensombreció.
Sin embargo,
antes de que pudiera reprenderla, la voz de Aldana se escuchó primero:
—Los chocolates sí que son falsos.
La voz de Brunilda se quedó atrapada en su garganta y miró bruscamente a Aldana.
Los invitados también la miraron con asombro.
«¿La han pillado, no puede seguir fingiendo y se ha visto obligada a admitirlo?».
—Sabía que no me equivocaba.
Kiara no esperaba que Aldana se atreviera a admitirlo en público. Se apartó un rizo del pelo y, estirando su cuello de cisne, dijo: —La señorita Carrillo probablemente nunca los ha comido, por eso la han engañado para que compre una imitación.
—Señora Brunilda, por favor, no se enfade con ella.
Las pupilas de Brunilda se contrajeron bruscamente y miró a Kiara con asombro.
En territorio de la familia Lucero, ¿desde cuándo una mocosa como ella tenía derecho a hablar?
¿Y encima se atrevía a lanzarle indirectas a Aldi, la futura señora de la familia Lucero?
¡Quién le había dado permiso para ser tan insolente!
—Ja.


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